domingo, 3 de abril de 2011

Fukushima a la luz de "Hiroshima"


www.frontered.com_03/04/2011

El reportaje magistral de John Hersey sobre las víctimas de la primera bomba atómica, que ocupó un número íntegro del New Yorker, es un modelo de periodismo frente al sensacionalismo desplegado en la cobertura del terremoto, el tsunami y la crisis nuclear

E l 31 de agosto de 1946, la revista The New Yorker sacaba un número muy especial. La portada consistía únicamente en un dibujo de estilo primitivista que representaba un parque urbano con gente divirtiéndose. No había ningún adelanto del contenido, sólo el logo de la publicación, la fecha y el precio: 15 centavos.

Horas después del lanzamiento -que tuvo una tirada aproximada de 300.000 copias-, todos los ejemplares se agotaron. Los precios de reventa en la calle alcanzaban los veinte dólares. Las revistas de crítica lo reseñaban como si se tratase de un libro. Emisoras de radio leían para sus oyentes el contenido íntegro.

Ese 31 de agosto de 1946, una única historia ocupó toda la extensión del New Yorker, con la única excepción de la programación del teatro de la semana en Nueva York. La historia de seis supervivientes al bombardeo de Hiroshima, apenas un año después de que el Enola Gay lanzara la bomba atómica sobre el centro de la ciudad japonesa. El artífice: John Hersey, un periodista estadounidense nacido en China, corresponsal de guerra de la revista Time y colaborador del New Yorker.

Sesenta y cinco años después, Japón ha vuelto a llenar portadas. Un terremoto, un tsunami y una crisis nuclear han sido suficientes para que el primer ministro, Naoto Kan, hablase de la peor crisis nipona desde la Segunda Guerra Mundial. Una crisis que, aún vista en caliente, parece haber tenido un final menos amargo. No solo por la envergadura sino porque en esta ocasión no se ha tratado de un acto de guerra deliberado. De momento, los recuentos hablan de 10.019 muertos y de más 17.500 desaparecidos -las bombas de Hiroshima y Nagasaki dejaron unos 220.000 fallecidos-. Además, Japón está consiguiendo enfriar las centrales y recuperarse del alarmista “apocalipsis nuclear”. Con los supervivientes de Hiroshima en 1945 como ejemplo extremo de su historia reciente.

El pasado 17 de marzo, seis días después del terremoto, 28 españoles residentes en Japón difundían por la red una carta abierta los medios de comunicación españoles, criticando su “sensacionalismo” y pidiendo que informasen solo con datos contrastados: “Multitud de medios están transmitiendo una situación de inseguridad que no se corresponde con la realidad en ciudades como Tokio”, escribieron. Una reacción ante la inquietud de sus familiares en España, que eran sometidos a la avalancha de titulares catastrofistas que desplegó la prensa ante la crisis nuclear.

Una pequeña selección entre los grandes diarios nacionales de España durante la semana posterior al tsunami: “La pesadilla nuclear se extiende”, “Pánico nuclear”, “La radiactividad crece, los extranjeros huyen”, “Éxodo en Tokio”, “Lucha agónica en Japón”, “Fukushima está fuera de control”, “Radiactividad fuera de control”, “Angustia nuclear”, “¿Apocalipsis ahora?”.

La cronología que siguieron las portadas fue exactamente la misma: el lunes, la crisis nuclear y las comparaciones del primer ministro con la Segunda Guerra Mundial. El martes, las primeras fugas importantes de gas radiactivo. El miércoles, las palabras del comisario europeo para la Energía, Günther Oettinger, que habló de “apocalipsis”. El jueves, la situación que parecía ir a peor con tres núcleos en peligro de fusión. El viernes se habló de “éxodo” y huida ante la situación. El sábado, Japón desapareció por completo de todas las portadas. Ni un pequeño titular a una columna. Porque resultó que los técnicos y el ejército comenzaron a enfriar los reactores y las expectativas se volvieron optimistas.

En diciembre de 1945 -cuatro meses después de las bombas- William Shawn, editor del New Yorker, se reunió con John Hersey, colaborador habitual. Shawn había analizado la cobertura que los periódicos americanos habían hecho de la tragedia de Hiroshima. El panorama que se encontró fue bastante similar al de los titulares que hemos repasado. Noticias de corte sensacionalista y una polémica encrespada -entonces fue sobre el uso de armamento atómico, hoy es sobre el uso de energía nuclear-. Pero echó de menos las historias de las víctimas. El enfoque humano. Y ahí intervino Hersey: se ofreció para escribir un artículo que cubriera esa carencia.

Casi 65 años después, es difícil entender el éxito del lanzamiento de Hiroshima, que con el tiempo se convirtió en libro y gran referencia periodística. Las historias humanas sobre los grandes conflictos internacionales, habitualmente superficiales, representan en la actualidad un género periodístico más común que entonces. Solo olvidando la relativa facilidad con la que cualquier periodista puede ir hoy a un lugar del mundo y contar historias se puede entender el impacto que provocó John Hersey en su época. Fue un pionero del periodismo humano y de precisión, y su contribución fue impagable: una gran historia sobre una terrible acontecimiento.

Salvando las distancias entre las dos tragedias, lo que cabe preguntarse es si un Fukushima como el Hiroshima de Hersey es hoy posible. Las cosas han cambiado desde los años cuarenta del siglo pasasdo, y las grandes exclusivas están extinguiéndose o mudándose al mundo 2.0 -véase WikiLeaks-. La cantidad de medios existentes, el bombardeo incesante de noticias y el hecho de que haya un dígito menos en la cifra de muertos (sin dejar de lado que en 1945 se trató de la primera -y única- vez que se utilizaban armas atómicas contra objetivos civiles), hacen casi imposible repetir un impacto como el que logró aquel New Yorker del 31 de agosto de 1946. Pero el método de trabajo que siguió Hersey sigue perfectamente vigente para intentar escribir algo de la misma calidad.

En marzo de 1946, Shawn autorizó a Hersey a viajar a Hiroshima e investigar para su reportaje. Le dio un plazo amplio para poder profundizar: hasta agosto, cuando se cumplía el aniversario de la bomba. El periodista norteamericano llegó a Hiroshima en mayo. Durante tres semanas de trabajo intenso entrevistó a los supervivientes y recopiló toda la información que necesitaba. En junio se sentó a escribir.

A principios de agosto, Hersey entregó a Shawn el primer manuscrito, de 151 páginas. La idea original era publicarlo en cuatro entregas sucesivas. Pero Shawn pensó que eso rompería el ritmo de la lectura, así que propuso publicarlo todo de una vez. Harold Ross, el director del New Yorker, aceptó. Durante días, Hersey, Shawn y Ross se encerraron y revisaron el manuscrito cuidadosamente. Mientras, no recibieron llamadas ni atendieron al resto de asuntos inherentes a la publicación de un semanario. Nadie más en la redacción sabía lo que estaban preparando. Aquí flota, de nuevo, el fantasma de WikiLeaks. El método que usaron los periódicos que disponían de la exclusiva fue muy similar. En ambos casos, los editores sacrificaron la actualidad por unos días para apostar por la profundidad.

El número del 31 de agosto del New Yorker tuvo el don de la oportunidad. Estados Unidos aún hacía balance de la guerra y las primeras voces discordantes con el uso de armamento nuclear empezaban a sonar. Es decir, Hiroshima reunió la combinación perfecta: un tema polémico que generaba interés e historias humanas. De Fukushima, la polémica ya existe y puede prolongarse. Las historias están ahí, esperando a ser contadas.

Hiroshima fue una contribución histórica al periodismo, adelantándose dos décadas al desarrollo del Nuevo Periodismo norteamericano. Una corriente que se gestó en los años 60 de la mano de jóvenes periodistas y escritores como Tom Wolfe, Norman Mailer o Truman Capote. Su aportación fue contar historias periodísticas usando recursos propios de la literatura, pero sin apartarse de la realidad.

El New Yorker se mantiene como bastión del Nuevo Periodismo, al que vio nacer y crecer. Sus colaboradores siguen siendo capaces de contar grandes historias que expliquen el mundo que les rodea. Por ejemplo, Lawrence Wright, experto en terrorismo islámico y autor del mejor libro que existe sobre el tema: La torre elevada, combinación de análisis y técnicas narrativas. O Jonathan Franzen, escritor y autor de Freedom, la primera gran novela americana del siglo XXI si hacemos caso a los críticos, que de vez en cuando escribe largas historias en la revista.

Hiroshima, al igual que las grandes novelas, no solo contaba historias humanas, sino que conseguía convertirlas en la encarnación universal de un hecho histórico. Y ese es el reto que hoy con Fukushima se puede recoger.

Hersey narró las historias de seis supervivientes evitando cualquier atisbo de sensacionalismo y sentimentalismo, dos males endémicos del periodismo. La primera frase de su libro es toda una declaración de intenciones: “Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señora Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino”.

El periodista norteamericano entendió que lo que más acercaba al lector a la tragedia de sus personajes no era la sangre que derramaron sus heridas, sino la forma en que su vida cotidiana quedaba patas arriba. Así, del personaje de la señora Toshiko que menciona en el párrafo también cuenta las secuelas físicas que le dejó la bomba. Pero se centra sobre todo en sus secuelas cotidianas, mucho más conmovedoras porque hay pocas cosas tan universales como los problemas del día a día. Se trata de la historia de una costurera cuya máquina de coser queda inutilizada por la explosión, y su lucha por seguir adelante ante su pobreza y su carencia de otras habilidades.

Aunque podemos dudar sobre si hoy existen en Japón muchas señoras Toshiko. La situación de los japoneses en 1946 no es la de hoy. Llegaron al final de la Segunda Guerra Mundial tras décadas de desarrollo imparable. Y cuando pararon -cuando las bombas los obligaron a parar-, miraron atrás para desmitificar sus ídolos. Una de las consecuencias no calculadas de los bombardeos, que Hersey recoge en su reportaje, fue que los japonesesdesdivinizaron al emperador Hirohito. Porque, ante la devastación de Hiroshima y Nagasaki, tuvo que anunciar la rendición de Japón y poner fin a la guerra. Se decidió retransmitirla por radio, de modo que todo el pueblo pudo seguirla. Fue la primera vez que los japoneses escuchaban la voz su emperador, y para algunos la experiencia fue traumática. Muchos aviadores y militares japoneses se suicidaron tras el discurso. Pero Japón volvió a comenzar de cero. Sus ciudadanos se fueron olvidando de las ambiciones imperiales y se centraron en intentar vivir mejor.

Seis décadas después, una sociedad japonesa occidentalizada, con un nacionalismo contenido y una alta calidad de vida vuelve a encajar un duro golpe. Está el trauma emocional, aunque el carácter pausado y estoico de los japoneses puede mitigarlo. Es el mismo, por cierto, que ya pintó Hersey: la imagen que describe en Hiroshima de un superviviente caminando avergonzado entre los heridos graves porque él solo tiene una leve cojera todavía dice mucho del carácter japonés. De hecho, algunas crónicas de los corresponsales en Tokio apuntan hacia lo mismo: el pánico y el “éxodo” del que hablaban los titulares ha afectado sobre todo a los extranjeros que viven en Japón. Los mismos que se han sorprendido con la tranquilidad que los japoneses han mostrado: apenas ha habido saqueos, disturbios o tensiones. Los habitantes de Tokio vaciaron los supermercados el día del terremoto. Pero lo hicieron respetando las colas.

Este parece un carácter poco propenso a dejar que los traumas o el dolor se exhiban abiertamente. De hecho, el impacto que mejor puede predecirse para Japón es económico. El desarrollo del Japón pre-Fukushima tiene poco que ver con el del Japón pre-Hiroshima. El país atravesó una grave crisis a principios de los noventa que aún colea. El estallido de la burbuja financiera e inmobiliaria acabó con uno de los factores del crecimiento nipón. La inversión en las exportaciones de alta tecnología permitió una recuperación hace ocho años, pero quedan restos: un paro del 5,7% -el más alto desde la Segunda Guerra Mundial-, y una deuda pública disparada -un 225% con respecto al PIB, la segunda más elevada del mundo-. El terremoto y sus consecuencias suman nuevas preocupaciones. Las primeras estimaciones evalúan el coste de la reconstrucción en un 3% del PIB, la deuda pública se disparará aún más y se encarecerán la energía y las materias primas.

Más allá de la economía, aún es pronto para saber qué pasará en la sociedad japonesa. Tras Hiroshima, la crisis de Japón terminó convirtiéndose en una crisis moral. Cambiaron muchas cosas en la sociedad japonesa tras las bombas. Y Hersey supo retratarlas. Cuarenta años después, en 1986, el periodista hizo algo poco común en la profesión: rescatar su viejo reportaje y volver a encontrarse con sus protagonistas. Tras esto, añadió un capítulo final sobre cómo habían seguido con sus vidas los seis supervivientes durante tanto tiempo. Un capítulo que completó Hiroshima y reveló los cambios que la sociedad japonesa había experimentado en cuatro décadas. Su apertura al hedonismo, la relajación moral, la modernización de la calidad de vida... También dejó más claros los rasgos que habían permanecido: la dedicación en el trabajo, la capacidad de superación y la humildad. Así, la coda de 1986 hizo a Hiroshima más grande. Pasó de ser un fresco de historias de superación a convertirse en un ambicioso retrato de toda una sociedad. Siempre, eso sí, a través de historias personales, concretas y construidas minuciosamente a partir de pequeños detalles.

La crisis que encaja Japón tras Fukushima no parece tan aguda. Aunque es muy pronto para aventurar si una sociedad que ha visto cómo la naturaleza casi derrota a su desarrollo tecnológico, su riqueza y su alto nivel de vida puede verse empujada a replantearse muchas cosas. Pero sí está claro que hay mucho que contar. Las pequeñas historias de supervivientes de las costas arrasadas por el maremoto o de afectados por la radiación pueden ser miles. Pero seleccionar esas historias y convertirlas en un friso que narre toda la tragedia o incluso cómo queda una sociedad tras ella es un gran reto periodístico. John Hersey necesitó cuarenta años para completarlo.

Fuente: http://www.fronterad.com/?q=print/3004

sábado, 2 de abril de 2011

Nadie se atreve a retirar unos mil cadáveres radiactivos


Gara_02/04/2011

Los temores a la radiación han impedido a las autoridades japonesas retirar hasta un millar de cuerpos de víctimas del terremoto y posterior tsunami del pasado 11 de marzo del radio de evacuación de 20 kilómetros en torno a la central nuclear de Fukushima I, según informaron ayer fuentes policiales a la agencia Kyodo.

Según esas fuentes, los cuerpos han estado «expuestos a altos niveles de radiación tras su muerte», dato confirmado por los altos niveles de radiación detectados en un cuerpo hallado en Okuma, a cinco kilómetros de la central nuclear afectada por el seísmo.

Ante estas circunstancias, las autoridades están estudiando la forma de recoger los cuerpos, dados los temores de que los policías, médicos y familiares puedan verse expuestos a radiación en su recuperación y posterior traslado hasta las morgues.

Inicialmente, estaba previsto inspeccionar los cadáveres después de trasladarlos fuera de la zona de evacuación, pero ahora se está reconsiderando. Según las fuentes policiales citadas por Europa Press, incluso cuando los cuerpos fueran entregados a sus allegados, la cremación podría provocar humo con material radiactivo, y enterrarlos podría contaminar el suelo.

También plantea problemas la identificación de las víctimas, puesto que hacen falta muestras de uñas para analizar su ADN, pero éstas también tendrían que ser descontaminadas, lo que llevaría aún más tiempo.

Lo que está cada vez más claro es que la sentencia de muerte de la planta de Fukushima está firmada por el Gobierno de Tokio. Ayer, el primer ministro, Naoto Kan, defendió ponerla fuera de servicio, mientras que la víspera fue el portavoz del Ejecutivo, Yukio Edano, quien había dado a entender que todos los reactores de la planta serán desmantelados. «Creo que está muy claro desde el punto de la sociedad» que finalmente será esto lo que ocurra, subrayó.

Sus declaraciones se produjeron después de que Tsunehisa Katsumata, presidente de Tepco, la compañía que opera la central, señalara en rueda de prensa que la empresa no tiene «otra elección que desmantelar los reactores 1 y 4, teniendo en cuenta sus condiciones objetivas».

Además, lo ocurrido con esta central de la costa noreste tendrá consecuencias en la política nuclear del Gobierno de Tokio, ya que el primer ministro va a estudiar la posibilidad de abandonar el plan ya existente de construir más centrales eléctricas nucleares en el país para 2030.

Así se lo hizo saber al líder del Partido Comunista nipón, Kazuo Shii, en el encuentro mantenido ayer por ambos.

Radio de seguridad

Por otra parte, el Gobierno nipón se comprometió ayer a intensificar sus análisis de la contaminación por radiación cerca de la central afectada y ampliar la zona de evacuación llegado el caso, como había sugerido la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), tras detectar trazas radiactivas fuera del perímetro de seguridad evacuado.

«No tenemos planes de evacuar inmediatamente a personas, pero naturalmente, la presencia de altos niveles de radiación en el suelo, si continuara durante un largo periodo de tiempo (...) afectará probablemente a la salud humana, así que tendremos que incrementar nuestra vigilancia y, si fuera necesario, tomar medidas para afrontarlo», señaló el portavoz del Gobierno, Yukio Edano, en rueda de prensa.

Y es que, aunque pasan los días, la situación no parece registrar una mejora considerable. Ayer mismo, la Agencia de Seguridad Nuclear de Japón realizó nuevas mediciones en aguas próximas a la central de Fukushima, cuyos resultados arrojaron que los niveles de yodo radiactivo superan 4.385 veces el límite legal.

El director general de ese organismo, Hidehiko Nishiyama, afirmó que se trata de los índices más altos desde el accidente posterior al terremoto. Pese al escandaloso dato, Nishiyama destacó que no supone un riesgo para la salud, al argumentar que la población de 20 kilómetros a la redonda ha sido evacuada.

Por otra parte, los niveles de radiación detectados en las aguas de un túnel subterráneo situado en el exterior de una turbina del reactor número uno de la central nuclear son 10.000 veces superiores a lo normal, según informó ayer Tokyo Electric Company.

Los niveles de radiación son «extremadamente altos», dijo un responsable de la empresa.

El Ministerio de Sanidad afirmó que se han detectado niveles anormales de cesio radiactivo en carne procedente de Fukushima.

Fuente: http://www.gara.net/paperezkoa/20110401/257317/es/Nadie-atreve-retirar-mil-cadaveres-radiactivos/

viernes, 1 de abril de 2011

Los grupos de presión militares-nucleares están al mando de la AIEA y de la OMS
La OMS bajo el poder de la industria nuclear


passerellesud.org/_01/04/2011


La central nuclear de Fukushima explotó en marzo de 2011. Unos días después de la catástrofe, el portavoz de la OMS [Organización Mundial de la Salud] anuncia que los riesgos para la salud de las poblaciones civiles que viven fuera de Japón son bastante reducidos. Sin embargo, teniendo en cuenta la historia de la OMS en materia nuclear, ¿se puede realmente confiar en él?

Los grupos de presión militares-nucleares están al mando de la AIEA y de la OMS

«Desde la firma del Acuerdo OMS-AIEA (WHA 12-40) el 28 de mayo de 1959, la OMS parece estar subordinada a la Agencia Internacional de la Energía atómica (AIEA), en lo que concierne a la radiactividad artificial y particularmente al estudio de las consecuencias sanitarias de la explosión de Chernóbil. […] Profesionales de la salud» [1]).

Por tal razón, el 26 de abril de 2007, la ONG Infancia de Chernóbil-Bielorrusia, la CRIIRAD [Comisión de investigación e información independientes sobre la radiactividad], la Red Salir de lo Nuclear, la ContrAtom de Ginebra (entre otras muchas ONG) lanzaron un llamamiento a favor de la independencia de la OMS. El acuerdo del 28 de mayo de 1959 obliga a la OMS a consultar previamente a la AIEA antes de hacer cualquier declaración pública sobre los problemas de salud relacionados con lo nuclear, con el fin de «resolver el asunto de común acuerdo». El artículo III prevé «tomar medidas de restricción para el carácter confidencial de algunos documentos». La misma AIEA está bajo la influencia de la industria nuclear civil (AREVA) y militar. Anteriormente, la OMS ya había sido sometida a la presión de los lobbies tabaqueros, del amianto (Saint-Gobin), a la de los laboratorios farmacéuticos, etc. [2].

En 1995, la OMS había organizado un coloquio sobre las consecuencias de Chernóbil, con 700 investigadores, médicos, científicos. Michel Fernex, el representante de la Asociación de médicos para la prevención de la guerra nuclear (IPPWN) afirma que las actas de este coloquio han sido simple y llanamente censuradas. Los lobbies nucleares y la Agencia internacional de la energía atómica ejercieron toda su potente influencia para que no se publicaran las intervenciones y las minutas de este encuentro. El entonces Director General de la OMS, el doctor Nakajima confirmó, en un programa de la Televisión suiza italiana de 2001, que la censura de las actas es consecuencia de los vínculos jurídicos entre la OMS y la AIEA (…). Esta última «depende del Consejo de Seguridad, desde donde coordina la promoción de la energía nuclear comercial. Mientras que la OMS y otras agencias dependen únicamente del Consejo Económico y Social» [3].

En realidad, para los Estados miembros del Consejo de seguridad, como los Estados Unidos o Francia, el desarrollo de la industria nuclear civil está íntimamente ligado a la industria nuclear militar. Dominique Lorentz comenta que desde la Segunda Guerra Mundial, a fin de consolidar el campo anticomunista, los Estados Unidos compartieron con Francia los secretos de la tecnología nuclear, y por su intermedio, con varias naciones. En particular con Israel, África del Sur (durante el apartheid), Irán, Iraq [4]. Paradójicamente, la supuesta existencia de armamento nuclear fue el motivo principal de la guerra contra Iraq en 2003. El Estado francés y Nicolás Sarkozy incrementaron aún más la diseminación nuclear, negociando la venta de centrales nucleares a Libia en 2007.

«En cuestión de proyectos de investigación, “resolver el asunto de común acuerdo”, es quitarle toda libertad a la OMS en el ámbito de los accidentes nucleares.» El anexo al programa de las Conferencias de la OMS de Ginebra menciona que, “a principios de 1990 el ministerio soviético de la salud pidió a la OMS poner en pie un programa de ayuda internacional. Mayo de 1991 Finalización del proyecto internacional por parte de AIEA”. Así pues, fue la AIEA quien entregó los planes que el Ministerio de Salud de URSS pidió a la OMS. Esto explica por qué no se mencionaron las consecuencias genéticas, cuya importancia se conoce desde la publicación en 1957 de los resultados de una investigación encargada por la OMS acerca de los “Efectos genéticos de las radiaciones en el hombre”. Para la AIEA el tema de la caries dentales y la salud buco-dentaria son más importantes» [5].

En 1995 la AIEA ponía en tela de juicio las muertes y los cánceres de tiroides de los niños que viven en las proximidades de Chernóbil. A partir de 1996, gracias a la presión de investigadores y asociaciones, las cifras oficiales empezaron a evolucionar.

En la conferencia de la OMS de Kiev, del 4 al 8 de junio de 2001, A. González, representante la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA), declaró que « Chernóbil causó 31 muertes, 2000 cánceres evitables de la tiroides en los niños y que hasta el día de hoy no existe prueba alguna, validada internacionalmente, referente al impacto sobre la salud pública por exposición (a las radiaciones) que pueda atribuirse a Chernóbil » [6]. Sin embargo, hubo entre 600.000 y 800.000 “liquidadores”, bomberos, militares, civiles, que se encargaron de reparar las averías causadas por la explosión nuclear de la central y hacer desaparecer todo rastro de los efectos de la catástrofe, exponiéndose directamente a las radiaciones [7]. Según el diputado de Bielorrusia, A. E Volkov, en su país se registró un 85% de niños enfermos en las regiones contaminadas; antes de la explosión constituían sólo un 15% [8]. En 2001, el jefe médico de la Federación Rusa señalaba que había fallecido un 10% de los 184.175 liquidadores rusos y que un tercio sufría invalidez. Ucrania proveyó 260.000 liquidadores. «Según el comunicado de prensa de la Embajada de Ucrania en Paris publicado el 25 abril del 2005, 94,2% de ellos estaban enfermos en el 2004. Durante la Conferencia de Kiev en el 2001, se supo que el 10% de estos trabajadores seleccionados (la mitad de ellos eran jóvenes militares), habían fallecido, y el tercio estaban gravemente inválidos. La Embajada de Ucrania contaba con 87,85% de enfermos entre los habitantes de los territorios contaminados por la radiactividad. La proporción de enfermos iba aumentando cada año (www.independantwho.info, 02 12 2007).» Finalmente, según Alla Yarochinskaga hubo « 70.000 mineros de los que una mayoría murió instalando los tubos de enfriamiento bajo la losa del reactor para evitar una explosión termonuclear» [9].

En la misma tónica, entre 1960 y 1996, Francia no dudó en realizar 193 pruebas militares nucleares experimentales a escala real. Aparentemente también pretendía estudiar el impacto de la radioactividad nuclear sobre el ser humano. « Cerca de 150.000 personas participaron, en tanto que personal civil y militar, a los 210 ensayos nucleares franceses — unos 50 a cielo abierto — realizados en el Sahara argelino entre 1960 y 1962 y en la Polinesia francesa, en los atolones de Mururoa y Fangataufa, entre 1960 y 1996 ». El ejército francés detonó explosiones nucleares experimentales sin proteger suficientemente a los asalariados, que pertenecían a la población local, y a los soldados franceses. El 27 de abril de 2009, los tribunales examinaron los expedientes de ocho demandantes, de los cuales tres todavía eran "sobrevivientes". El 26 de noviembre de 2008, el Ministro de Defensa Hervé Morin había reconocido que estos ensayos habían originado enfermedades y anunció una ley de indemnización de las víctimas de los ensayos nucleares franceses en el Sahara y en la Polinesia.

La URSS, China y los Estados Unidos también hicieron pruebas nucleares. Entre enero de 1951 y 1962, detonaron más de 100 explosiones atómicas al aire libre en el desierto de Nevada [10]. En 1980, en Salt Lake City, 1992 demandantes acusaron a la administración central estadounidense de ser responsable de las enfermedades ocasionadas por dichas explosiones, sin embargo, el número de personas afectadas supera esa cifra. Algunos consideran que para poner fin a la guerra contra Japón, las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki no eran imprescindibles. Consideran que el gobierno de los Estados Unidos sacrificó millares de civiles con fines de experimentación en poblaciones, pero sobre todo, con el objetivo de exhibir su nuevo poder y así valerse de una futura ventaja psicológica ante un país que no dispusiera de la bomba nuclear. Efectivamente, una sola bomba hubiera bastado. Vemos pues, de nuevo, que en general el poder de los intereses militaro-industriales pasa antes que el interés de los pueblos.

NOTAS

[1] www.independantwho.info, Llamamiento de profesionales de la salud a favor de la independencia de la Organización mundial de la salud

[2] Ver el Acuerdo entre la Agencia internacional de energía atómica y la Organización mundial de la salud

[3] www.independantwho.info, 02 12 2007

[4] Dominique LORENTZ, Affaires atomiques [ Asuntos atómicos ], Les arènes, París 2001.

[5] www.independantwho.info, 02 12 2007

[6] Maryvonne David JOUGNEAU (bajo la dirección de), Les Silences de Tchernobyl, L’avenir contaminé [Los Silencios de Chernóbil, El futuro contaminado], Editions Autrement, Collection Mutations n°10. París 2004

[7] GSBPCCPCS (Grupo estratégico del buró político del comité central del Partido comunista soviético), Punto 5 del documento confidencial “Protocolo n°10” - 10 05 1986, titulado “Informe de la reunión de GSBPCCPCS, encargado de las cuestiones relativas a la supresión de las consecuencias del accidente de Chernóbil”, in Jougneau, 2004, pág 40.

[8] Alfredo PENA-VEGA, Les incertitudes de l’incident de Tchernobyl , L’émergence du sens dans les territoires contaminés en Belarus , Société [ Las incertidumbres del incidente de Chernóbil, La emergencia del sentido en los territorios contaminados de Bielorrusia ], Société CETSAH/EHESS, n° 77, París 2002-3.

[9] Alla YAROCHINSKAGA, “ Absolument confidentiel : Les Autorités Soviétiques face à la catastrophe ” [ Absolutamente confidencial : las autoridades soviéticas ante la catástrofe ], in JOUGNEAU, París 2004.

[10] Christian BATAILLE, Henri REVOL, Rapport sur les incidences environnementales et sanitaires des essais nucléaires effectués par la France entre 1960 et 1996 [ Informe sobre las incidencias medioambientales y sanitarias de los ensayos nucleares realizados por Francia entre 1960 y 1996 ], Assemblée Nationale, N° 3571, París 05/02/2001.

Traducido para Rebelión por Marina Almeida

Fuente : http://passerellesud.org/L-OMS-sous-le-pouvoir-de-l.html