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viernes, 24 de diciembre de 2010


| Debido a las deterioradas condiciones ambientales un número creciente de personas debe abandonar su tierra. Atender esta conflictiva migración forzada debe ser prioridad de la comunidad internacional. |
La Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados y su Protocolo de 1967 son la representación legal a nivel internacional de la antigua tradición universal de conceder asilo a quienes se encuentran en peligro. El refugiado sería toda persona que “debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentra fuera del país de su nacionalidad y no puede o, a causa de dichos temores, no quiere acogerse a la protección de tal país; o que, careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no puede o, a causa de dichos temores, no quiere regresar a él.”
En la actualidad, el número de desplazados internos dentro de los Estados supera, por mucho, a los refugiados que cruzan las fronteras internacionales. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) refiere que en estos momentos en el mundo hay más de 36 millones de personas entre refugiados, solicitantes de asilo, desplazados internos y apátridas. Como se observa en el cuadro anexo, mientras que hay más de 10 millones de refugiados, la cifra que corresponde a desplazados internos es de más de 15 millones de personas.
Abandono por impactos ambientales
Hoy, las razones por las que las personas abandonan su terruño no tienen que ver sólo con la violencia. Cada vez más se reconocen diversos factores que afectan el bienestar y la seguridad de las personas, incluyendo las epidemias y pandemias; la escasez de alimentos; la falta de recursos energéticos y, por supuesto, el deterioro ambiental. El daño a los ecosistemas, sea temporal o permanente, obliga a quienes ahí residen a emigrar, por lo que cobra importancia la noción de “refugiado ambiental”.
El concepto, a grandes rasgos, se refiere a las migraciones nacionales e internacionales que se producen cuando el entorno ambiental en que se asienta una comunidad se deteriora a niveles tales que hace “invivible” la zona, lo que propicia que sus residentes la abandonen. En 2001 la Cruz Roja Internacional, en su “Informe sobre desastres mundiales”, afirmaba que los desastres naturales constituyen amenazas a la seguridad internacional, y revelaba igualmente que cada vez más personas se ven obligadas a abandonar sus hogares por fenómenos naturales e impactos ambientales ecocidas provocados por la mano del hombre, más que por las guerras o los conflictos armados. La polémica estriba en que rara vez los temas ambientales están divorciados de las realidades políticas, económicas y sociales.
Como muestra de lo anterior hay varios ejemplos. En la medianoche del tres de diciembre de 1984, la planta de la empresa Union Carbide,productora de pesticidas localizada en Bhopal, India, liberó accidentalmente un gas a base de metilisocianato. La cantidad de gas venenoso expulsado se estimó en 40 toneladas. Al cabo de una hora provocó la muerte de unas dos mil 259 personas, sobre todo niños y ancianos. Quienes pudieron ponerse de pie salieron aterrados a las calles, mientras respiraban un veneno quemante que, además, los cegaba. Cientos de personas se tambaleaban en las avenidas, gritaban, se atragantaban, vomitaban y finalmente caían muertas en las cunetas de las calles.
El gobierno de Madhya Pradesh confirmó un total de tres mil 787 decesos relacionados con el accidente de la planta, si bien existen estimaciones de que en las siguientes 72 horas perecieron entre ocho mil y 10 mil personas, en tanto otras 15 mil más perderían la vida un poco después debido al daño en sus vías respiratorias, amén de la migración forzosa de otros cientos de miles ante la imposibilidad de seguir viviendo en la zona.
El 26 de abril de 1986, el cuarto reactor de la Central Nuclear de Chernobyl, localizado en un área cercana a la frontera entre Ucrania y Bielorrusia, explotó a la 1:23 hora local, cuando se probaba la seguridad de la planta. Una sucesión de errores provocó un súbito aumento de la potencia generada, lo que causó la explosión y dejó al descubierto el núcleo del reactor, que emitió una gigantesca nube radiactiva hacia toda Europa.
Toda la población en un radio de 30 kilómetros fue evacuada. Dos décadas y media después, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerca de 400 mil personas aún no han podido regresar a sus hogares. Ciudades enteras —Pripiat contaba con 50 mil habitantes— hoy están abandonadas. Naciones Unidas estima que un área geográfica del tamaño de Holanda ha quedado inutilizable permanentemente para usos agrícolas.
Fue necesario construir un biombo de concreto para contener las emisiones radiactivas de la planta de Chernobyl. Unas 800 mil personas que participaron en la construcción del “sarcófago” que envolvió el reactor o en las tareas de descontaminación y limpieza recibieron altas dosis de radiactividad. Según las autoridades de Ucrania, más de ocho mil han muerto y otras 12 mil están seriamente afectadas por las radiaciones. En Bielorrusia se concentró 60 por ciento de la contaminación radiactiva generada por el accidente, y allí los casos de cánceres y leucemias son recurrentes.
Cuando calienta el sol…
Pero adicionalmente a estos accidentes que tienen una enorme difusión en la comunidad internacional, se encuentran casos cotidianos de destrucción ambiental que obligan a miles de personas a desplazarse de sus lugares de origen, sin que ese sufrimiento llegue a los titulares en los medios. Son constantes los vertidos de petróleo o sustancias químicas a ríos o costas que afectan la supervivencia, dañan el hábitat y el modo de alimentación básica, y convierten a sus habitantes en refugiados. La deforestación o la desertificación obligan a muchas comunidades y familias a dejar sus hogares: en las últimas dos décadas, 10 millones de africanos se han visto obligados a emigrar debido a la pérdida de su entorno natural. También en África la desertificación crece a razón de cinco kilómetros cuadrados por año.
Otro ejemplo son las inundaciones que desde 1995 aquejan a la Isla Bhola, en Bangladesh, que dejan a medio millón de personas sin hogar. No muy lejos de ahí se encuentran las Islas Maldivas, conformadas por 26 atolones con el punto más bajo sobre el nivel del mar: apenas 2.3 metros. Son el territorio más expuesto a desaparecer por obra del cambio climático. Tan sólo en el último siglo, el nivel del mar se elevó en 20 centímetros, y para el 2100 la subida será de 53 centímetros, lo que significa que las Maldivas en breve quedarán bajo el agua. Con una población cercana a las 400 mil personas, el presidente del país, Mohamed Nasheed, anunció que buscará la adquisición de tierras en India, Sri Lanka y Australia, para “evacuar” las Maldivas.
Las Maldivas no son las únicas que enfrentan este desafío: en el Pacífico Sur, Kiribati y Tuvalú también serán sepultadas por el aumento en el nivel del mar.
Un nuevo enfoque, necesario
Para este año se calcula en 50 millones el número de individuos que habrían cambiado su lugar de residencia por el impacto de fenómenos naturales o de desastres ambientales, y el panorama no da pie al optimismo: de mantenerse los patrones de producción y consumo imperantes, la recurrencia de accidentes industriales, de actividades económicas no amigables con el entorno natural y de residuos tóxicos pobremente resguardados, esa cifra aumentará.
Para atender esa situación hay muchos problemas. Las principales dificultades invocadas por los Estados se centran en que el reconocimiento jurídico del estatuto de “refugiado ambiental” supondría una devaluación de la actual protección de los refugiados, porque la migración por factores ambientales es excepcional —o al menos así se le considera—, puesto que siempre se ha dado primacía a la opresión política como argumento central en las políticas de asilo y refugio. Se teme que el asunto ambiental compita con los migrantes que buscan asilo o refugio por razones políticas. El Derecho internacional actual no obliga a los Estados a proporcionar asilo o refugio a aquellas personas desplazadas por razones ambientales.
Parte del problema estriba en que, a la fecha, el mundo no cuenta con un organismo internacional especializado en temas ambientales. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) posee un mandato y una estructura institucional muy frágiles para ventilar un dilema tan complejo.
Las consecuencias del ecocidio y los graves perjuicios humanos, económicos y materiales derivados de los desastres naturales suelen aquejar generalmente a aquellos países menos desarrollados, que carecen de los medios suficientes para anticipar los posibles desastres naturales —algo evidente en el terremoto que enfrentó Haití a principios del presente año. La globalización del desafío ambiental, su dimensión mundial y transfronteriza, así como la relación existente entre la desertificación, el cambio climático y otros problemas ambientales, requiere un nuevo enfoque en torno a la problemática de los refugiados, si no por otra razón sólo porque el desplazamiento de estas personas también potencia conflictos, algunos de ellos violentos.
María Cristina Rosas es Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su libro más reciente se titula La seguridad internacional en el siglo XXI: retos y oportunidades para México (México, UNAM, 2010). Preside el Centro de Análisis e Investigación sobre Paz, Seguridad y Desarrollo Olof Palme AC. Página electrónica:http://www.paginasprodigy.com/mcrosas
Fuente: http://alainet.org/active/43135
jueves, 23 de diciembre de 2010


Con el pretexto de erradicar el dengue, en 2009 se liberaron mosquitos genéticamente modificados en las islas Caimán. El dengue es una enfermedad vírica transmitida por mosquitos que, en general, no ha existido en Norteamérica durante varios decenios. El dengue puede transformarse en una forma mucho más peligrosa de la enfermedad, conocida como fiebre hemorrágica del dengue. Los síntomas del dengue son: fiebre elevada, dolor de cabeza, dolor detrás de los ojos, facilidad para la producción de hematomas, dolor de las articulaciones, músculos, huesos, sarpullidos y sangrado de encías. No hay una cura ni un tratamiento conocido del dengue que no sea descanso adecuado y beber mucha agua.
Hablando en general, el transmisor del virus es un tipo específico de mosquito, Aedes aegypti.
El método indicado públicamente para utilizar esos mosquitos genéticamente modificados (GM) en la erradicación del dengue fue «la modificación con un gen adicional, o bacteria insertada, o la alteración de un gen de forma que la descendencia fuera estéril e incapaz de transmitir el dengue o, sencillamente, muriera». Más específicamente, se supone que los mosquitos macho genéticamente modificados se emparejan con hembras naturales que producen larvas que mueren a no ser que esté presente la tetraciclina, un antibiótico, sin el cual una enzima se acumula hasta una concentración tal que es lo suficientemente tóxica como para matar las larvas.
Es importante señalar que estos mosquitos genéticamente modificados, conocidos como OX513A, deben ser necesariamente del tipo Aedis aegyptipara obtener los objetivos establecidos públicamente por los desarrolladores. Por lo tanto, los millones de mosquitos macho liberados al aire en 2009 y, de nuevo en 2010, eran todos del tipo transmisor del dengue.
Los mosquitos OX513A fueron desarrollados por una empresa de biotecnología británica llamada Oxitec y su posterior liberación fue supervisada por la MRCU (Unidad de Investigación y Control de Mosquitos) en las islas Caimán, un territorio británico en ultramar.
Aunque Oxitec Limited fue el desarrollador que realizó la mayoría del trabajo de base para los insectos genéticamente modificados, el proyecto no era únicamente suyo. La fundación de Bill y Melinda Gates, la Organización Mundial de la Salud, las Fundaciones Filantrópicas PEW y algunas agencias gubernamentales en Estados Unidos, Inglaterra, Malasia, y otras participaron en el desarrollo y la promoción de los mosquitos modificados genéticamente.
Lo que ha sido bastante sospechoso, sin embargo, es el hecho de que el dengue, que no ha existido en Norteamérica durante decenios, ha vuelto a aparecer recientemente en Florida. Inicialmente la fiebre se halló en 2009, pero en 2010 los casos habían aumentado en gran medida. En julio de 2010, se hizo público un estudio del CDC al que prestaron muy poca atención los medios de comunicación que indicaba que aproximadamente el 10 por ciento de la población de Key West se había infectado de dengue, el doble de 2009, cuando resultó infectado el 10 %. Cabría preguntarse qué ha hecho que un virus que se había erradicado casi por completo de repente reaparezca con tal vigor. Es decir, cabría preguntárselo si la respuesta no fuera tan obvia: por supuesto, los informes oficiales no hablan sobre si el dengue se relaciona o no con los millones de mosquitos capaces de transmitir la fiebre que se liberaron a apenas unos kilómetros de distancia en las islas Caimán.
Aunque se había erradicado el dengue en cuanto a los brotes naturales en Estados Unidos, en el país se han producido casos relacionados con investigación y producidos en laboratorios durante muchos años. Esto se debe a que el dengue ha resultado de especial interés para el gobierno de Estados Unidos, el ejército estadounidense y la CIA al menos del inicio de la segunda mitad del Siglo XX. Hay muchas pruebas que indican que las instalaciones de investigación bioquímica en Fort Detrick estaban llevando a cabo pruebas sobre el dengue como arma biológica ya en 1942 y es de dominio público que en los años 1950 la CIA se asoció con Ft. Detrick para el estudio del dengue y de otras enfermedades exóticas para su uso como armas biológicas.
También resulta interesante señalar que, según documentos de la CIA así como de un comité del Congreso de 1975, las tres ubicaciones de Key West, Ciudad de Panamá y Avon Park (además de otros dos puntos en la parte central de Florida) eran centros de pruebas para la investigación sobre el dengue.
Como suele suceder, los experimentos en Avon Park se concentraban en barrios de bajos ingresos, en zonas con predominio de población de ascendencia africana con proyectos de viviendas subvencionadas recién construidas. Según H.P. Albarelli Jr. y Zoe Martell, de Truthout, algunos documentos de la CIA relacionados con el programa MK/NAOMI revelaban que la agencia utilizó también el mosquito Aegis aegypti en estos experimentos, en uno de los cuales se liberaron 600 000 mosquitos sobre Avon Park y, en otro, 150 000 en bolsas de papel especialmente diseñadas para abrirse al llegar al suelo.
Truthout entrevistó a diversos residentes (o pacientes de las pruebas) de Avon Park que continuaban viviendo en la zona y afirmaban que esos experimentos produjeron al menos 6 o 7 muertes. Según el texto de Truthout, un residente afirmó: «Nadie sabía lo que había pasado aquí durante años, quizá más de 20 años, pero al volver la vista atrás, explicaba por qué un grupo de personas sanas enfermaron y murieron en las fechas de esos experimentos». Truthout continúa señalando que, aproximadamente en la misma época de los experimentos de Avon Park, «se comunicaron al menos dos casos de dengue entre los investigadores civiles en Fort Detrick (Maryland)».
En 1978, un documento del Pentágono titulado Biological Warfare: Secret Testing & Volunteers (guerra biológica: pruebas secretas y voluntarios) reveló que el Cuerpo Químico del Ejército realizó experimentos similares en Key West y Operaciones Especiales y Divisiones de Proyectos hicieron lo mismo en Fort Detrick.
Al igual que en la situación actual, diversas agencias del gobierno de Estados Unidos se unieron con ONG, académicos y otras organizaciones para realizar proyectos relacionados con mosquitos. La operación Bellweather, un experimento realizado en 1959 que consistía de más de 50 pruebas de campo, se realizó en diversos estados, entre ellos Georgia, Maryland, Utah, Arizona y Florida. Estuvo coordinada por el Rockefeller Institute (Nueva York), el centro en el que, de hecho, se criaron los mosquitos. Además, el experimento recibió la ayuda de la Armour Research Foundation, el Battelle Memorial Institute, Ben Venue Labs, Inc., la Universidad de Florida, la Universidad del Estado de Florida y la empresa Lovell Chemical Company.
No obstante, las conexiones entre del ejército y la CIA con los brotes de dengue no terminan con estos experimentos. Es opinión general que el brote de 1981 en Cuba fue resultado de ataques biológicos encubiertos de la CIA y el ejército estadounidense. Este brote surgió prácticamente de ninguna parte y tuvo como resultado la infección de más de cien mil personas. Albarelli y Martell escriben:
El investigador estadounidense William H. Schaap, editor de la revista Covert Action, afirma que el brote de dengue en Cuba fue el resultado de las actividades de la CIA. Antiguos investigadores de Fort Detrick, todos los cuales se han negado al uso de sus nombres en este artículo, afirman que realizaban «trabajos de avanzada» sobre el brote de Cuba y que fue «fabricado por el hombre».
En 1982, los medios de comunicación soviéticos acusaron a la CIA de enviar soldados a Pakistán y Afganistán para crear una epidemia de dengue. De forma parecida, en 1985 y 1986, algunas autoridades de Nicaragua realizaron acusaciones semejantes contra la CIA, sugiriendo también que intentaban comenzar un brote de dengue.
Aunque la CIA siempre ha negado tener nada que ver en todos estos casos, algunos investigadores militares han admitido haber trabajado muy duro utilizando «vectores artrópodos con objetivos de guerra biológica» y que dichos trabajos habían tenido lugar en Fort Detrick en los años 1980. No sólo eso, sino que algunos investigadores han admitido también que en las instalaciones de Frederick (Maryland) se conservaban grandes colonias de mosquitos infectados con la fiebre amarilla y con el dengue.
También hay pruebas de que se realizaron experimentos con presos en cárceles federales sin su conocimiento. Según informa Truthout:
Varios informes editados en Camp Detrick y Edgewood Arsenal indican que se realizaron experimentos en prisioneros por delitos estatales y federales que se vieron expuestos sin su conocimiento al dengue, así como a otros virus, algunos de ellos posiblemente mortales.
Con todas las pruebas de que la CIA y el ejército han realizado pruebas relacionadas con el dengue, hay razones más que suficientes cuando se ve alguna conexión como la reciente liberación de mosquitos y el posterior brote de dengue en Florida, un lugar de pruebas tradicional para estas organizaciones.
La respuesta al brote de dengue también debe ponerse en tela de juicio, puesto que se intensificaron las campañas de rociado aéreo. Aunque se afirmó que tenían como objetivo la erradicación de los mosquitos portadores de dengue, el número de personas que contrajo la enfermedad, por el contrario, aumentó.
Otro incidente cuestionable relacionado con el dengue transmitido mediante mosquitos y el súbito brote tuvo lugar el 15 de noviembre de 2010: una bióloga molecular de la Universidad de South Florida supuestamente se suicidó bebiendo cianuro en un hotel de Temple Terrace. La Dra. Chauhan había estudiado los mosquitos y la transmisión de las enfermedades en la Universidad de Notre Dame. Aunque normalmente esto no sería causa de preocupación, cuando se tiene en cuenta el nivel de interés que continúan teniendo las enfermedades transmitidas por mosquitos para el ejército y las agencias de inteligencia, bien pudiera ser que la muerte de la Dra. Chauhan mereciera investigarse en más detalle.
Hasta su muerte, era una investigadora posdoctoral en el departamento de Salud Mundial en la Facultad de Salud Pública. Las personas que la conocieron la describían como muy brillante y entusiasta. Quizá sea coincidencia pero, independientemente de ello, merecería analizarse más de cerca.
Por desgracia, el problema de la liberación de insectos modificados genéticamente no termina con el aumento del dengue y la malaria. En 2009, la fundación Bill and Melinda Gates Foundation concedió 100 000 dólares para cada uno de los investigadores en 22 países para desarrollar mosquitos que pudieran hacer las veces de «jeringas voladoras»; esencialmente, los mosquitos se verían modificados genéticamente para que administraran vacunas con cada picadura.
El dinero se distribuyó a una amplia variedad de instituciones académicas, organizaciones sin ánimo de lucro, agencias gubernamentales y empresas privadas. La fundación fue parte de lo que un artículo AFP denominó «la primera ronda de financiación para las 'Grand Challenges Explorations' de la fundación Gates, una iniciativa de 100 millones de dólares y cinco años de duración que tiene como objetivo ‘promover las ideas innovadoras en salud mundial’». La premisa básica detrás de la idea de las vacunas voladoras en forma de mosquito es que un insecto será modificado genéticamente para producir anticuerpos a una enfermedad específica en su saliva, que entonces se transmitirá a la persona cuando el mosquito la pique.
Este método plantea multitud de problemas, que van desde aspectos morales a científicos. En primer lugar, la presencia de anticuerpos no implica necesariamente inmunidad, y su transferencia en modo alguno ofrece inmunización a la persona a la que se inyectan. Los aspectos científicos relacionados con los anticuerpos y el sistema inmunitario no se han dilucidado en su gran parte. Las vacunas mismas son completamente ineficaces y nunca han demostrado ser efectivas en ningún estudio que no estuviera relacionado con una empresa farmacéutica o química.[1] En esencia, constituyen medicinas basadas en la fe.
Incluso más escalofriante resulta la posibilidad de liberar mosquitos modificados genéticamente que contengan enfermedades reales en sus organismos para causar de forma voluntaria una pandemia humana. Las personas que tuvieran unos sistemas inmunitarios debilitados presentarían el máximo riesgo, pero sin duda este incluiría a todos los demás, puesto que ellos también se verían infectados con los virus al recibir las picaduras. La transmisión de persona a persona tomaría el relevo donde lo dejaran los mosquitos. A esto debe añadirse la posibilidad de pandemias simultáneas (si se utilizaran simultáneamente diferentes versiones de los insectos) y se tiene la receta para un genocidio a gran escala. Por desgracia, este es el escenario que muchos han imaginado durante algún tiempo.
No obstante, aunque Gates ha invertido tanto dinero y tantas personas esforzadas y universidades prestigiosas han invertido tanto tiempo y esfuerzo, la opinión general de los medios de comunicación es que las jeringas voladoras nunca despegarán. Esto es porque, según informa Science NOW:
No es probable que el concepto de un mosquito transgénico que resulte un ‘vacunador volante’ sea un método práctico de control de las enfermedades, porque resulta una manera inaceptable de administrar vacunas sin problemas de dosificación y de consentimiento informado contra los programas de vacunación actuales. Estas dificultades se complican todavía más por los problemas de aceptación pública de la liberación de los mosquitos transgénicos.
Sin embargo, resulta bastante difícil creer que la fundación Gates distribuya una cantidad tan grande de dinero a los investigadores sin poner en cuestión si sus esfuerzos pudieran ser factibles para su uso futuro. Igualmente, es muy difícil de creer que, una vez tenidos en cuenta estos problemas, la Gates Foundation pudiera tirar su dinero en un proyecto destinado al fracaso. De hecho, cualquiera que pudiera creer eso es, por desgracia, muy ingenuo. Está claro que estamos siendo condicionados para aceptar y prever que estos organismos se liberen al público en alguna fecha futura. Pero nadie sabe, sin embargo, cuál será el contexto.
Notas:
[1] Flu and Flu Vaccines: What’s Coming Through That Needle. Dra. Sherri Tenpenny.
Brandon Turbeville nació en Mullins (Carolina del Sur). Ostenta un título de la universidad Francis Marion, donde obtuvo el premio Pee Dee Electric Scholar como universitario. Ha publicado numerosos artículos sobre una amplia variedad de temas, entre los que se incluye la salud, economía y las libertades civiles. También es autor de Codex Alimentarius - The End of Health Freedom
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens y Mar Rodríguez; revisado por Germán Leyens
Fuente: www.globalresearch.ca/
De Activist Post
miércoles, 22 de diciembre de 2010
Exigen responsabilidades por el lobby corrupto del gobierno español a favor de los transgénicos según revela Wikileaks
Agricultores, ecologistas y consumidores exigen a Rosa Aguilar que la política española sobre transgénicos deje de estar dictada por las multinacionales y que se prohíba su cultivo.
Las revelaciones de Wikileaks demuestran la alianza de determinados miembros del Gobierno de España con EEUU para favorecer a la industria de los transgénicos y para presionar a la UE.
A raíz de la información publicada hoy en El País, basada en datos de Wikileaks que evidencian una estrategia conjunta a favor de los trangénicos de los gobiernos de España y EEUU, Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, Greenpeace, COAG, Plataforma Rural y CECU exigen que la política española sobre organismos modificados genéticamente (OMG) deje de estar controlada por las multinacionales y una moratoria inmediata a su cultivo en España.
Las organizaciones de agricultores, ecologistas y consumidores exigen a la ministra de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, Rosa Aguilar, que adopte las medidas oportunas, tome inmediatamente cartas en el asunto exigiendo responsabilidades a quienes, escandalosamente, han trabajado para favorecer los intereses de las grandes multinacionales biotecnológicas en detrimento de los del conjunto de la sociedad, de la salud pública y del medio ambiente.
Desde hace más de una década el Gobierno de España ha defendido prácticamente en solitario el cultivo de transgénicos en la UE, y es el único país que ha tolerado su cultivo a gran escala (según datos del propio ministerio, se cultivan entorno a 70.000 hectáreas de un maíz modificado genéticamente de Monsanto). Y lo ha hecho sin cumplir con las normas europeas y españolas de transparencia, sin seguir los productos a través de la cadena alimentaria, sin obligar a etiquetar los alimentos transgénicos y sin realizar seguimiento alguno de los campos cultivados con estas peligrosas semillas.
Los datos hechos públicos ahora explican por qué se ha permitido que campeen a sus anchas las multinacionales del sector, a pesar de los innumerables casos de contaminación genética y los daños sociales y económicos que estos cultivos han ocasionado.
Por ello es de vital importancia que la nueva ministra cambie inmediatamente la posición del Gobierno de España y que la primera medida sea prohibir el cultivo de maíz transgénico de Monsanto MON 810 para la próxima campaña de siembra, tal y como llevan haciendo desde hace años los gobiernos de hasta diez países de la UE (entre ellos Francia, Austria o Alemania) debido a las evidencias científicas sobre sus impactos en el medio ambiente, la imposibilidad de convivencia de la agricultura transgénica con la convencional y ecológica y las incertidumbres sobre sus efectos sobre la salud a largo plazo.
La prohibición del cultivo de transgénicos por parte del Ejecutivo español es imprescindible para poder defender los intereses de nuestro medio ambiente, nuestra agricultura y la salud pública, para que éstos no sigan en manos de la industria de los transgénicos, de los intereses de EE UU y de quienes, desde las instituciones españolas, los han apoyado abiertamente, tal y como ha quedado demostrado en los cables de Wikileaks. www.ecoportal.net
Ecologistas en Acción
martes, 21 de diciembre de 2010
Bayer malvende viejos pesticidas
La multinacional Bayer ha hecho pública esta semana la venta de los obsoletos pesticidas Nemacur (principio activo: fenamifos) y Mocap (etoprofos) a la mercantil estadounidense Amvac Chemical Corp. La Organización Mundial de la Salud (OMS) califica ambos pesticidas, pertenecientes a la categoría de los organofosfatos, de “extremadamente peligrosos” (categoría de peligrosidad I). Estos agroquímicos son responsables de un sinnúmero de intoxicaciones.
La Coordinadora contra los Peligros de Bayer (CBG, por sus siglas en alemán) propugna desde los años 80 el cese de la producción del Nemacur y el Mocap, además de prohibir la venta de cualquier pesticida de categoría I. En palabras de Philipp Mimkes, miembro del comité ejecutivo de CBG: “La utilización de Nemacur y Mocap supone un peligro para el medio ambiente y para la propia salud, de ahí que sea injustificable. Bayer debería haber paralizado la producción desde hace mucho tiempo en lugar de seguir sacando beneficios con estos nocivos venenos”.
Un ejemplo del empleo del Nemacur se da en los platanares. Su principio activo es responsable de diversos casos de contaminación en Filipinas y Costa Rica. Además, el uso de Nemacur es probablemente uno de los causantes del denominado “síndrome del aceite tóxico” que convulsionó España en 1981 y por el que perdieron la vida un mínimo de 350 afectados y del que son víctimas varios miles de ellos con graves problemas de salud. En la década de los 80, la Coordinadora contra los Peligros de Bayer publicó en relación a este tema “El montaje del Síndrome tóxico”.
Según cálculos de la OMS, cada año se producen en el mundo de 3 a 25 millones de intoxicaciones por pesticidas, de las que el 99% tienen lugar en países del sur. Bayer desarrolló los organofosfatos en los años 30, primeramente como gases venenosos (Sarin, Tabun). Tras la contienda, a partir de ellos aparecieron pesticidas como el E605. Axel Köhler-Schnura, de la Coordinadora contra los Peligros de Bayer, lo reitera: “¡Se ha de poner fin de una vez por todas a la producción de Nemacur y Mocap! Tanto la de BAYER como la de cualquier otro fabricante”.www.ecoportal.net
Coordinación contra los peligros de Bayer - Traducido por Curro L. Vera
www.CBGnetwork.org
lunes, 20 de diciembre de 2010


La crisis hídrica crece con la misma rapidez que se desarrolla económicamente. Una expansión descontrolada de las ciudades y una enorme y sedienta zona agrícola han significado nuevas demandas para una red pública y de servicios sanitarios mal gestionada. La combinación ha provocado que el agua escasee demasiado en algunos lugares, que esté contaminada en otros, o que llegue en una nefasta abundancia para los millones de personas que sufren inundaciones cada año.
Hoy en día el agua amenaza la capacidad hindú de fortalecer sus pobres granjas, en mantener el crecimiento económico y hacer que sus ciudades sean saludables y habitables.
El agua se ha convertido en un grave problema. El sistema hídrico hindú depende básicamente de los ríos Ganges e Indo. Los hindúes disponen de 2.240m3 por persona/año, cifra que cada año disminuye debido a dos causas, en primer lugar a su fuerte crecimiento demográfico y en segundo lugar por el desarrollo económico en que está inmerso el país. Puede decirse que India está cerca del llamado estrés hídrico.
Más de 700 millones de hindúes, casi los dos tercios de su población carecen de servicios sanitarios adecuados. Debido en gran parte a la falta de agua potable. Cada año en este país mueren 2,1 millones de niños menores de cinco años según la ONU, debido principalmente a enfermedades propagadas por medio del agua.
En 1993, solamente el 42,9% de los hindúes que viven en las ciudades y el 3,5% de los que lo hacen en el campo disponen de instalaciones de saneamiento.
Los problemas de Nueva Delhi son un buen ejemplo de la situación hídrica de las ciudades. En todo el territorio las redes de suministro están tan deterioradas que ninguna ciudad puede ofrecer agua de las cañerías públicas durante todo el día.
Si hay problemas con la demanda de agua, la situación se agrava con la eliminación de los residuos y de las aguas fecales. Nueva Delhi no puede saciar su sed ni desprenderse de forma adecuada de la mayoría de las aguas residuales que genera. En torno al 45 % de su población no está conectada al sistema público de alcantarillado.
Nueva Delhi surge hace dos mil años a orillas del río Yamuna. La mitología hindú considera a este río como caído del cielo. A su paso por la capital está muerto biológicamente. Se le extrae unos 850 millones de litros diarios, siendo la principal fuente de abastecimiento de la capital, pero cuando deja la capital se ha convertido en un sumidero de residuos, donde se vierten unos 3.600 millones de litros de aguas residuales al día.
En un análisis del río Yamuna se descubre que el nivel de coliforma fecal, que es una medida de la suciedad, es 100.000 veces superior al máximo permitido.
La red de abastecimiento de la capital tiene una longitud de 9.000 km, pero su estado es de deterioro total, lo que origina que el nivel de pérdida oscile sobre el 40 % del agua que transporta.
Alrededor del 18% de la población urbana y el 29% de la rural no disponen de agua potable. La agricultura hindú utiliza el 85% del agua disponible. Solamente para alimentar a la nueva población, aumentará la demanda de agua en un 50% para el año 2025. Los centros industriales necesitarán triplicar su consumo para el mismo año. Como vemos, sus necesidades hídricas están disparadas, teniendo en los momentos actuales poca capacidad de respuesta.
El Ganges es uno de los ríos vertebradores de su sistema hídrico, siendo además el río sagrado de los hindúes. Nace en las laderas meridionales del Himalaya, con 2.510 Km. de recorrido, desembocando en la bahía de Bengala. Buena parte de sus aguas vienen de China y Nepal, antes de entrar en la India. Alrededor del 40% de su caudal procede de los dos países anteriormente mencionados y ambos las han reclamado a los hindúes. Su principal afluente, el Brahmaputra nace en China, describiendo un gran arco alrededor de Bután antes de entrar en la India y después en Bangla Desh, desembocando junto al Ganges en la bahía de Bengala.
Los sistemas fluviales del Ganges y el Brahmaputra abarcan menos del 0,2% de las tierras del planeta, sin embargo, son habitadas por el 10% de la población mundial. Es una zona propensa a las inundaciones, las sequías y los ciclones. A veces se echa en falta el agua, mientras que en otras parece que no vaya a ver tierra que no sea cubierta por esta agua.
Como todo sistema fluvial compartido, el Ganges es motivo de conflictos internacionales. Las disputas se remontan casi desde su independencia en 1947. En 1951, el gobierno de la India anuncia que levantará la presa de Farakka, en el Ganges, en la provincia de Bengala, cerca de la frontera de Pakistán Este. El objetivo es trasvasar por medio de un canal, agua al río Hoogle y al puerto hindú de Calcuta que corre el peligro de que el limo lo inutilice. Necesitan agua suficiente para lavar este limo del puerto, pero este canal perjudica a Pakistán Este, que depende del Ganges y del Brahmaputra. Los pakistaníes piden una solución internacional pero la India dice que el agua es suya y puede disponer de ella.
Pakistán replica que tiene derechos históricos. Mientras India declara que todos los países pueden construir presas en su territorio y el agua que se almacena está a su libre disposición.
Pakistán Este se independiza de Pakistán Oeste, en 1971, transformándose en Bangla Desh. India ayudó a los bengalíes en su lucha por la independencia. Esto facilitó que se llegase a un acuerdo sobre el Ganges, formándose una Comisión Fluvial Conjunta Indo Bengalí.
Se firmó el acuerdo, en 1977, garantizando a Bangla Desh, que en la estación seca tendrá un mínimo de agua del 63% del caudal del río, a cambio de que los bengalíes construyesen un canal nuevo entre el Brahmaputra y el Ganges, que aumentara el caudal de este último río.
Casi un tercio del territorio de Bangla Desh es agua en la estación seca, sin embargo, en la estación húmeda más de dos terceras partes de sus tierras quedan bajo las aguas. Las inundaciones suelen ser catastróficas. Especialmente fueron las de 1988, donde el 75% de su territorio quedó inundado y tardaron más de dos meses en retirarse las aguas. Ocasiona la dispersión de más de 35 millones de personas y quedan sumergidos decenas de miles de pozos, con lo que sus aguas dejaron de ser potables para el consumo humano.
Ante estas graves inundaciones, el gobierno de Bangla Desh solicita la ayuda internacional, pero rechazó la de India, a quién acusó de éstas por negarse a regular y controlar el río Ganges. Los dos países volvieron a firmar, en 1997, el Tratado de Reparto de las aguas del Ganges.
El otro río fundamental para el sistema hídrico de la India es el Indo. Éste nace en el Tibet, discurre por la India y Pakistán hasta llegar a su delta en el golfo Arábigo. Posee el mayor y el más antiguo sistema de riego. Su caudal triplica el sistema fluvial del Éufrates/Tigris y equivale a dos ríos Nilo.
El Indo genera fuertes fricciones entre Pakistán y la India. En 1960, se firma “el Tratado de las aguas del Indo” bajo la supervisión del Banco Mundial. Se reparten sus aguas entre los dos países, asignando los afluentes del este (los ríos-afluentes Sutley, Beas y Ravi) a la India y los afluentes del oeste (el Khelum y Chenab) a Pakistán.
Para favorecer el acuerdo, el Banco Mundial financia una serie de obras de control que tienen el efecto de aumentar el caudal para ambos países. La intervención del Banco Mundial se debe a que los dos países son potencias nucleares y no interesa que haya conflictos entre ambos.
La otra gran disputa que se da en el río Indo, es un problema étnico dentro de la India, donde los sijs piden el control de sus aguas como parte de la campaña por ser un Estado independiente. Una vez más, el agua aparece como un motivo identitario de un pueblo. Este movimiento separatista, está atento en la defensa de sus intereses sobre el agua del Indo.
Actualmente Pakistán dispone de unos 3.300 m3 por persona/año.
Como vemos, el agua es uno de los conflictos más vivos, debido no a su escasez sino a su mal uso y a la contaminación que está matando su vida animal, empezando a ser peligrosa para el hombre, no sólo por no poder ser bebida, sino por la contaminación de la cadena alimenticia, a tal nivel ha llegado el deterioro del agua en estos países.
Las inundaciones son permanentes en India. Muchos ambientalistas culpan de éstas a los enormes embalses construidos precisamente para controlar los sistemas hídricos naturales.
Muchos expertos creen que estas se producen ante el fracaso de mantener un equilibrio adecuado entre el control del caudal de agua y los otros usos de los grandes embalses como son el regadío y la generación de energía hidroeléctrica.
Ramaswany Iyer, ex alto cargo del Ministerio de Recursos Hídricos dice que muchos de los embalses están planificados específicamente para prevenir las inundaciones, “pero hay un conflicto inherente con sus otros objetivos, los de tratar de maximizar la energía hidroeléctrica y el regadío”.
Iyer sostiene que el control de las inundaciones requiere que la presa permita un espacio adecuado para recibir los torrentes de agua, pero el mayor potencial hidroeléctrico necesita que los niveles de agua sean los más altos posibles: “Como se eleva la presión para aumentar la generación de energía, el objetivo de controlar las inundaciones pierde importancia. Eso hace que el agua tenga que ser liberada de golpe y a gran escala y que se liberen torrentes de agua de efectos desastrosos”.
El manifiesto mal uso de los embalses es el mejor argumento contra el controvertido plan de la India de conectar sus principales ríos entre sí y así compensar las inundaciones con las sequías, dos fenómenos que se presentan a la vez en zonas bien distantes de este gran país.
El Banco Mundial advierte en un informe publicado, en 2005, que a menos que se realicen cambios drásticos en la gestión gubernamental del agua, la India no tendrá dinero para mantener y construir nuevas infraestructuras ni el agua necesaria para la economía y la población.
domingo, 19 de diciembre de 2010



Se denomina peak-oil (cénit, tech
La fecha exacta en realidad no tiene demasiada relevancia: la cuestión realmente crítica es que es un hecho irreversible que tenemos encima en términos históricos y que sus consecuencias en todas las esferas de las actividades humanas a nivel planetario serán desastrosas.Lógicamente el impacto será mayor en aquellos sectores más dependientes de esta sustancia tan especial, este verdadero tesoro geológico que tardó millones de años en formarse y que estamos dilapidando en apenas 150 años, revirtiendo de paso de manera suicida el proceso de secuestro de carbono que realizaron las algas prehistóricas y que permitió el desarrollo de las especies que hoy conocemos, incluida la nuestra.
Es fundamental tener en cuenta que no sólo menguará el número de barriles de petróleo que se pongan cada año a disposición de la economía mundial, sino que ese petróleo será cada vez de peor calidad, más costoso y difícil de extraer y refinar, y —lo que en definitiva cuenta— con un valor energético cada vez más bajo. Me refiero a lo que se conoce como Tasa de Retorno Energético (TRE), aspecto crítico de la cuestión: para extraer petróleo hace falta energía, y la relación entre la energía que obtenemos de cada barril y la que necesitamos gastar para obtenerlo, está cayendo en picado. Se calcula que para mantener una sociedad de tipo industrializado como la nuestra, cuya complejidad es altamente dependiente de este combustible fósil, se necesita obtener al menos un rendimiento de 5 barriles de petróleo por cada barril equivalente consumido en la extracción (Cutler Cleveland, Universidad de Boston). Hoy en día las tasas rondan los 10:1 (10 barriles obtenidos por cada 1) y puesto que dependemos cada vez más de los petróleos no convencionales como los obtenidos de las arenas bituminosas de Canadá o los de aguas profundas, esa tasa seguirá cayendo. Es algo muy alarmante y que nos hace ver hasta qué punto está desesperada esta civilización industrial adicta al petróleo por rascarle a la Tierra los últimos restos del combustible que la mantiene en marcha.
Y esto sin mencionar los ruinosos rendimientos energéticos de los agrocombustibles, que algunos presentan como sustitutos del petróleo, y que según diversos estudios no llegan ni al 1:1 (véanse por ejemplo los incluidos en el libro publicado por Icaria El final de la era del petróleo barato), y que muestran lo delirante que es gastar un barril de petróleo para cultivar soja —por ejemplo— con la que fabricar biodiesel para sustituir… ¡ese mismo barril que hemos gastado! Cuando cueste más energía extraer un barril que la que ese barril nos va a proporcionar, lógicamente el petróleo dejará de extraerse, pero bastante antes de llegar a ese punto, la sociedad industrial habrá dejado de existir y habremos vuelto a un tipo de sociedad mucho más simple y con menor consumo energético, posiblemente de tipo agrario y muy local.
Un modelo alimentario con los días contadosCuando a cualquier urbanita se le plantea que pronto escaseará el petróleo, lo primero que piensa es que no podrá llenar el depósito de su coche o que le saldrá demasiado caro; es decir, pensará que el principal impacto será sobre su movilidad. Aun siendo esta una consecuencia cierta y muy importante —dada la dependencia casi absoluta del trasporte mundial con respecto a los combustibles derivados del petróleo—, donde tendrá una repercusión más grave el Cénit del petróleo será sobre el modelo agroalimentario, por dos factores principales: el modelo de producción y el modelo de distribución/comercialización.
El modelo de producción agroganadera actualmente predominante es sumamente dependiente del petróleo. Si nos paramos a analizar qué necesita una explotación industrializada convencional para producir alimentos veremos que su lista de insumos incluye una larga serie de productos vitales directa o indirectamente dependientes de los combustibles fósiles: gasóleo para la maquinaria y los sistemas de bombeo e irrigación; pesticidas, herbicidas y plásticos elaborados por la industria petroquímica; fertilizantes derivados del gas natural (otro combustible fósil cuyo agotamiento seguirá al del petróleo); y otros diversos productos que deben llegar a la granja trasportados por camiones desde cientos o incluso miles de kilómetros, incluyendo la mayor parte de los alimentos para los animales (piensos industriales). De hecho los cálculos realizados sobre esta dependencia nos indican que para producir cada caloría de alimento hoy en día se consumen de media 10 calorías de energía fósil (Giampietro y Pimentel, datos referidos a los EE.UU.).
En algunos lugares los altos precios que alcanzaron los combustibles en el verano de 2008 llevaron a aparcar los tractores y a retomar la tracción animal. También surgen ganaderos pioneros en el abandono de los piensos importados industriales y en la vuelta a los pastos locales en extensivo, un camino que sin duda a medio/largo plazo todos los demás deberán recorrer si pretenden subsistir.
En este sentido la sobredimensión, la mecanización, el monocultivo y la dependencia de la exportación, son factores críticos de vulnerabilidad que afectan a muchas explotaciones agrícolas y ganaderas convencionales, y que deberán ser corregidos, mejor ahora de manera anticipada y previsora que más adelante cuando los elevados precios de los insumos fósiles no dejen otra opción.
Esos factores fueron impuestos por políticas agrarias que nos vendían una perpetua disponibilidad creciente de energía y por mercados falseados que no tenían en cuenta los costes reales de los diferentes tipos de producción. Si no abandonamos ese barco en el que nos hicieron subir nos hundiremos con él y —lo que es más grave—arrastraremos a la población mundial con nosotros al hacerse imposible seguir produciendo alimentos por el sistema habitual.
Pero la situación a la que nos enfrentamos es aún más difícil puesto que el problema no radica sólo en el modo de producción y sus costes. A la hora de distribuir y comercializar los alimentos producidos por esas explotaciones convencionales, dependemos absolutamente de que toda la cadena de la distribución moderna centralizada funcione correctamente y sea capaz de trasportar los productos a grandes distancias, los procese mediante sistemas mecánicos de elevado consumo energético, los mantenga refrigerados, los empaquete con diversos tipos de plásticos y los deposite just in time en las estanterías de los supermercados de las ciudades. Imaginemos por un momento que esa gran distribución falla; no es un ejercicio mental demasiado difícil pues las huelgas del trasporte nos suelen poner por unos días en una situación similar: en menos de una semana las estanterías de los supermercados urbanos quedan vacías y comienza el caos. Debemos ver este tipo de situaciones como anticipos a pequeña escala de lo que podemos vivir en pocos años a escala mundial y permanente y extraer de ahí ciertas conclusiones. La más clara de ellas debería ser que cuanto mayor es la distancia de la que procede nuestra comida, más vulnerables somos a una interrupción o encarecimiento del trasporte y que sólo la producción local puede asegurarnos el suministro de alimentos y otros productos de primera necesidad.
El cambio de modelo es imprescindibleSi volviésemos a circuitos mucho más cortos de producción, trasformación y consumo, seríamos más resilientes, es decir más capaces de resistir este tipo de problemas. Algunos países ya están apostando por esta vuelta a la comida local, como Escocia, cuyo parlamento aprobó en 2008 una resolución en apoyo de las cadenas de suministro local para asegurar la alimentación de su población a la vista de la inminencia del Cénit del petróleo y de las crisis alimentarias. En los Estados Unidos en los últimos 10 años los mercados agrícolas locales han resurgido, aumentando su número en más de un 200% y superando ya los 6.000. El mismo fenómeno se está impulsando en mayor o menor medida en otros lugares, en ocasiones de la mano de movimientos de activistas por la soberanía alimentaria, la relocalización económica, la agroecología, la slow food o lasTransition Towns.
La clave del cambio de modelo está en buscar la máxima autosuficiencia de las explotaciones. Cuando los costes de una explotación se disparan porque suben los combustibles, considero una estrategia miope reclamar subsidios a los combustibles, que no serán sino pan para hoy y hambre para mañana. Debemos reconocer que es un indicador de un problema estructural: esos costes nos dicen que dependemos totalmente de una sustancia y de un modelo que no son sostenibles, que en pocos años ya no estarán a nuestro alcance. Nuestra responsabilidad es cambiarahora para buscar la máxima autosuficiencia, dependiendo mucho menos del exterior y en todo caso sólo de aquellas otras explotaciones o industrias que estén próximas y sean también sostenibles. Para esta reconversión impostergable sí que serían útiles ayudas públicas como las que planteó el parlamento escocés: por contra, subsidiar el gasoil sólo servirá para prolongar la agonía de un modelo sin salida. También será muy útil apoyarse en el saber tradicional actualizado: la recuperación de los modos de producción integrada tradicional (policultivos agroganaderos), del abono animal, de la rotación de los cultivos, de la pesca tradicional a vela, etc. mejoradas con aportaciones de técnicas ecológicas y de diseño de sistemas sostenibles más recientes: agricultura biointensiva, permacultura, etc.
En paralelo será imprescindible que nos replanteemos nuestro mercado. Para ello busquemos nuestra clientela en la proximidad, pensemos qué alimentos es necesario producir en nuestra comunidad o cuáles pueden faltar si fallan las importaciones, y no pensemos tanto en exportaciones que ahora pueden parecer atractivas y competitivas pero que son totalmente dependientes de un trasporte artificialmente barato. Busquemos la distribución en comercios de proximidad o en la venta directa. Es decir,reestructuremos nuestra producción en torno a la autosuficiencia y la comunidad. Los cambios pueden ser dolorosos pero si los acometemos anticipadamente evitaremos cambios mucho más traumáticos en el futuro y una probable ruina. Puede que ahora lo veamos como una reducción de los ingresos, pero si lo hacemos con buen criterio la reducción de los costes compensará esos menores ingresos y estaremos haciendo nuestra explotación más resistente a futuros cortes de suministros.
Otras claves de esta trasformación nos las da Lidia Senra, del Sindicato Labrego Galego: “Potenciar el consumo de productos frescos, de temporada y a granel”. Eso lógicamente implica que los/las consumidores/as deben modificar sus hábitos—incluyendo una vuelta a un menor consumo de carne, cuya producción exige grandes cantidades de energía— y que el cambio ha de venir por ambas partes, con una concienciación mutua y un diálogo permanente en la búsqueda de alianzas sostenibles entre el campo y la ciudad para ser capaces de sobrevivir a un decrecimiento forzoso. «El camino está en la información, en el debate social sobre las consecuencias de las políticas agrarias y alimentarias que tenemos y en el compromiso de la ciudadanía para luchar por un cambio profundo de las mismas y también para que todas y todos tengamos información suficiente para ser más conscientes de que comprar es un acto político y que no tiene las mismas implicaciones comprar productos alimentarios procedentes de la agricultura industrial y de la gran distribución, que comprar productos del país en los mercados», reclama Senra.
Sin duda tenemos una descomunal lucha por delante, en primer lugar contra las políticas agrarias que nos obligan a sacrificar producción ecológica local para dar entrada a producción industrial extranjera, a perder pequeñas industrias trasformadoras y pequeños comercios de proximidad para favorecer la deslocalización y las grandes superficies. En pocos años, puede que menos de una década, el Cénit del petróleo hará muy difícil alimentarnos por esos canales y debemos hacer todo lo posible para mantener vivos los únicos de que dispondremos: los locales tradicionales y ecológicos.
Nos va la vida en esta lucha, que no sólo es contra el mercado agrícola capitalista actual sino también contra la regulación impuesta por las administraciones públicas que perjudica la viabilidad y supervivencia de esas cadenas cortas de producción, al poner demasiados obstáculos, regulaciones o tasas a la comercialización local y a la producción a pequeña escala. Es necesaria una profunda revisión de toda la normativa de producción y comercialización de alimentos a la luz de una situación energética que los gobiernos se niegan a reconocer públicamente, mientras van dejando que muera todo aquello que nos permitiría alimentarnos en un futuro sin petróleo.
Si caminamos en esta indispensable y urgente vuelta a una producción sostenible, estaremos de paso contribuyendo a luchar contra el cambio climático, pues ya sabemos que la producción y distribución de alimentos en el modelo agrícola y comercial actualmente hegemónico es uno de los principales factores del calentamiento planetario (hasta el 50% de las emisiones según datos de GRAIN en el nº 1 de ‘Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas’).
En este sentido es importante también hacer una autocrítica y reevaluar lo que consideramos ecológico. ¿Son realmente ecológicas unas manzanas producidas en ecológico en Chile pero que viajan miles de kilómetros para ser consumidas en España? Algunos activistas apuestan por la dieta de los 100 Km, por ejemplo, y rechazan cualquier producto que venga de una distancia mayor. Otros sólo consumen aquellos producidos en su biorregión. Es una propuesta difícil dado que la mundialización ha destruido ya muchos sectores productivos y por ejemplo es casi impensable vestirse sólo con prendas de lana, algodón o lino local. Pero en el futuro será de lo único que dispongamos a precios asequibles así que cuanto antes luchemos por recuperar esas vías de sustento local y compatibles con los límites naturales, más preparadas estarán nuestras comunidades para el impacto del Cénit del petróleo, un momento crítico para nuestra especie, que nos llevará a una gran Revolución de vuelta a la sostenibilidad o nos abocará, como advierte el experto en ecología humana William Catton, a un cuello de botella evolutivo en el que tal vez sólo logren sobrevivir unos pocos miles de personas.
Manuel Casal Lodeiro, activista y divulgador sobre la cuestión del Cénit del petróleo, miembro fundador de la asociación Véspera de Nada.
La trampa mortal de la Revolución Verde(Datos extraídos del artículo del científico Dale Allen Pfeiffer “Comiendo combustibles fósiles”)
La denominada Revolución Verde trasformó profundamente la agricultura mundial mediante su industrialización y mecanización. Entre 1950 y 1984, la producción de grano mundial aumentó en un 250%, y por tanto la energía disponible para nuestra alimentación. Esta energía adicional no procedía de un incremento de la luz solar anual que hace posible la fotosíntesis, ni de poner a cultivar nuevas tierras. La energía de la Revolución Verde fue proporcionada por los combustibles fósiles en forma de fertilizantes (gas natural), pesticidas (petróleo) e irrigación alimentada por hidrocarburos. Este cambio aumentó la demanda de energía de la agricultura en una media de 50 veces la energía invertida en la agricultura tradicional. Para hacernos una idea de la intensidad energética de la agricultura intensiva moderna, baste citar que la producción de un kilo de fertilizante de nitrógeno requiere la energía equivalente a litro y medio de gasóleo o que en los EE.UU. se necesitaban ya en 1990 más de 6 barriles de petróleo al año por cada hectárea agrícola productiva.
Sin embargo, debido a las leyes de la termodinámica, en el proceso agrícola industrial hay una marcada pérdida de energía. Entre 1945 y 1994, la inversión energética en la agricultura aumentó 120 veces, mientras que los rendimientos de las cosechas sólo se multiplicaron por 90. Desde entonces, el coste energético ha continuado incrementándose sin un aumento correspondiente en la productividad. Hemos alcanzado el punto de los retornos marginales decrecientes: la Revolución Verde está entrando en quiebra energética y amenaza con arrastrarnos con ella.
Fuente: http://revistasoberaniaalimentaria.wordpress.com/2010/12/05/el-cenit-del-petroleo/

