miércoles, 27 de abril de 2011

Veinticinco años como ruinas radiactivas


Página/12_27/04/2011

Dentro de cien años, en el mejor de los casos, la humanidad estará discutiendo nuevamente qué hacer con las ruinas radiactivas de Chernobyl. “Cien años” no es un término retórico, sino la duración prevista para el nuevo sarcófago (el actual tiene incluso goteras) que desde 2015 procurará contener la radiación. Y “en el mejor de los casos” tampoco es retórico: así será dentro de un siglo si el sarcófago no reventó y si, finalizada la era del petróleo, la humanidad todavía ha de tener los recursos y la capacidad para hacerse cargo. Hoy, el cuarto de siglo de la mayor catástrofe en una central nuclear se cumple bajo la sombra de un nuevo desastre, el de Fukushima. Según el científico argentino que dirigió el Proyecto Chernobyl, de investigación de aquel accidente, a partir de entonces “la seguridad nuclear mejoró enormemente”, y en Fukushima “todavía no sabemos si hay que cambiar la norma sobre tsunamis o si Japón no la aplicó bien”. En cambio, un representante de Greenpeace sostuvo que “no hay que seguir jugando con la energía nuclear, imposible de dominar” y que “Chernobyl muestra que los problemas causados resultan eternos”.

A la hora 1.24 del 26 de abril de 1986, en el reactor 4 de la central atómica de Chernobyl –en el norte de Ucrania, entonces integrante de la Unión Soviética–, en el marco de una prueba para evaluar la seguridad, se produjo una explosión: durante diez días, a cielo abierto, el núcleo combustible emitió una radiación equivalente a 200 bombas de Hiroshima.

El gobierno soviético –cuyo primer ministro era Mijail Gorbachov– primero ocultó el accidente y, después, minimizó su gravedad. El mundo empezó a saber cuando, el 28 de abril, Suecia informó que había una nube radiactiva sobre su territorio. En mayo comenzaron los trabajos, que duraron seis meses, para cubrir el reactor con un “sarcófago” de hormigón.

La contaminación abarcó zonas de Ucrania, Bielorrusia y Rusia. Hasta hoy existe una zona de 30 kilómetros en la que se prohíbe la presencia humana. Los principales contaminantes son el cesio 137 y el estroncio 90, cuya vida media (tiempo que tarda la mitad de los átomos en dejar de ser radiactivo) es de 30 años: se requieren 10 a 13 vidas medias –más de 300 años– para que la zona –del tamaño de Suiza– pueda reactivarse.

Según las autoridades ucranianas, unos cinco millones de personas –en Ucrania, Bielorrusia y Rusia– fueron afectados de un modo u otro por la catástrofe. Por efectos directos de la radiación hubo 31 muertos entre los bomberos y técnicos enviados desde el primer momento para combatir el siniestro. Después, y durante meses, unos 600.000 trabajadores, a los que se denominó “liquidadores”, llegaron desde distintos puntos de la Unión Soviética para construir el sarcófago y limpiar la zona contaminada. Entre ellos, y entre la población próxima a la central siniestrada, la OMS estima unas 8900 muertes a largo plazo por cánceres –principalmente de tiroides– y otras enfermedades relacionadas con la radiación, además del aumento en las malformaciones congénitas.

La vida útil del sarcófago –que contiene 200 toneladas de combustible radiactivo– no supera los 30 años, que se cumplirán en 2015; de hecho ya presenta filtraciones que dejan pasar agua. Se prevé construir uno nuevo, por encima del existente, con un costo de por lo menos 1100 millones de dólares que deberían ser pagados por naciones donantes. El proyecto viene demorado, y hasta ahora sólo hay comprometidos 800 millones.

Tanto Ucrania como Rusia y Bielorrusia han limitado o suprimido los beneficios que recibían las personas que estuvieron expuestas a la radiación. A principios de este mes, 2000 veteranos “liquidadores” protestaron en Kiev, capital de Ucrania. Este país se independizó en 1991, tras la disolución de la Unión Soviética (a la cual no fue ajena la catástrofe de Chernobyl).

En diálogo con Página/12, Abel González –ex titular de la CNEA, ex jefe del Proyecto Chernobyl de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) y actual vicepresidente de la Comisión Internacional de Protección Radiológica (ICRP)– afirmó que “el diseño de la central de Chernobyl era rarísimo, escalofriante, ya que incluía la necesidad de producir rápidamente plutonio para uso militar. Es una lección de lo que no se debe hacer. La catástrofe impulsó normativas internacionales que hicieron subir enormemente la seguridad nuclear. Claro que esto abre la pregunta por el reciente accidente en Fukushima, Japón: esta central fue diseñada de acuerdo con normas internacionales contra terremotos, que le permitieron resistir intacta el terrible sismo que sufrió Japón; pero no soportó el tsunami de 14 metros de altura. Hay una norma internacional para tsunamis, pero todavía es temprano para saber si la norma debe modificarse o si no fue adecuadamente cumplida en Fukushima”.

En cambio, Ernesto Boerio –coordinador de la Campaña Clima de Greenpeace Argentina– sostuvo que “si bien es cierto que los estándares internacionales de seguridad mejoraron luego de Chernobyl, Fukushima muestra que la energía nuclear sigue siendo insegura: en Japón se aplican los criterios más estrictos, que no impidieron el desastre. La energía nuclear sigue siendo costosa y contaminante y genera un pasivo ambiental a futuro a causa del combustible usado, radiactivo: las piletas con este combustible son parte del problema en Fukushima. Pero muchos países siguen tratando de jugar con la energía nuclear, como si fuera posible controlarla. El caso de Chernobyl muestra que, aun pasados muchos años, no es posible librarse de las consecuencias. Es un problema eterno”.

http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-167022-2011-04-26.html

martes, 26 de abril de 2011

La producción agropecuaria con “paquetes tecnológicos” llamados de “punta”, un mito similar a los “espejitos de los colonizadores”


Rebelión_26/04/2011

Con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial la producción agropecuaria sufrió un cambio tecnológico trascendental, que devino en el paradigma del productivismo, sobre la base de la explotación intensiva de las tierras. Este consistió en un proceso acelerado de desarrollo de nuevas tecnologías, principalmente de maquinarias e implementos diversos, de fertilizantes, plaguicidas y otros agroquímicos, así como de tecnologías de preparación del suelo y manejo del cultivo, incluyendo el mejoramiento genético para lograr variedades con alta respuesta productiva.

Después de más de 50 años de lo que se llamó “Revolución Verde”, el saldo de experiencias es inmenso, pues efectivamente se logró incrementar la producción de alimentos frescos o procesados para el mercado y de biomasa como materia prima para la agroindustria. Se ha acumulado una gran cantidad de información científica y técnica, debido a diversas fuentes de financiamiento que han tributado a universidades y centros científicos, la mayoría de estos creados durante este periodo, entre otros avances en lo que se ha nombrado también “tecnologías de punta”, las que a través de la globalización han devenido en un sistema de colonización tecnológica para muchos países.

Esto ha contribuido a que se aceptara internacionalmente que la agricultura se realice mediante “paquetes tecnológicos”, los que han proliferado a escala internacional a través de empresas de maquinaria, agroquímicos y semillas, las que se han “replicado” en los diferentes países mediante normativas e instructivos de cultivos y crianza de animales, “adaptados” y “mejorados” para la agricultura local por investigadores, especialistas y funcionarios de entidades nacionales e internacionales.

El saldo social de este enfoque tecnológico es de tal magnitud que en los centros de enseñanza de diferentes niveles, incluyendo las universidades, en las entidades de servicio público (ministerios, institutos, etc.) y en la población en general, se ha generalizado la percepción de que la agricultura es únicamente cuestión tecnológica y que esta debe realizarse mediante el uso de maquinarias e insumos externos, sobre todo importados, para lograr incrementos productivos a través de la explotación intensiva del suelo en campos de grandes extensiones.

El éxito de este enfoque en la percepción social se expresa por el hecho de que ante las crisis internacionales de los últimos años (económica, energética, alimentaria, climática, valores y otras), generadas por la globalización de la economía, los decisores recurren con frecuencia a dicho modelo, sin analizar que precisamente es una de las causas de estas crisis y conduce al ciclo vicioso de las tecnologías que ha caracterizado a la producción agropecuaria en los últimos 60 años.

Sin embargo, se obvia o no se desea analizar y mucho menos informar a los estudiantes y el gran público, los errores cometidos con la explotación intensiva de las tierras, principalmente los efectos negativos debido a afectaciones del medio ambiente y la biodiversidad, a la salud integral de las personas, a la percepción de la población, los gastos excesivos de energía y la contribución al cambio climático, entre otros efectos degradativos de gran complejidad, también ampliamente documentados científicamente.

Incluso, muchas veces se menciona como política agraria el nuevo paradigma de la “agricultura sostenible”, se discursa sobre protección del medio ambiente y la biodiversidad y no se actúa en consecuencia, como lo demuestra el hecho de que aun más del 50% de los proyectos de investigación de las universidades y los centros científicos tributan a la agricultura intensiva, con mayor énfasis a la agricultura biotecnológica especializada para la agroindustria, que se sustenta en tecnologías que requieren de grandes extensiones de monocultivos.

Los eslabones más débiles y afectados en esta “cadena productiva” son los que están en los extremos: primero el agricultor y finalmente el consumidor. Ambos deben asumir costos de diversas características, que van mucho más allá de la clásica “economía agropecuaria” que se sustenta únicamente en el valor monetario.

De hecho muchas personas califican habitualmente este análisis como “romántico”, pues expresan que “hay que comer” y eso solo se logra con producciones “protegidas con agroquímicos”, lo que constituye un permanente conflicto de intereses que ha afectado muchísimo las demandas de la sociedad hacia el sector agropecuario.

Lo más negativo de este asunto social, económico y ambiental es que las decisiones, muchas veces desesperadas por la necesidad de incrementar la producción, generalmente se enfocan hacia el modelo productivista, el que sigue siendo ese viejo paradigma que se originó durante los años 50-60 del pasado siglo.

Ahora en el año 2011, a más de medio siglo de haber surgido dicho paradigma, cuando se requiere una agricultura que reduzca gastos energéticos, incremente la producción de alimentos, garantice la salud y se adapte al cambio climático, entre otras demandas, resulta errado que la sociedad, donde ha proliferado la cultura, la ciencia y la democracia, se mantenga “atada” a viejos enfoques tecnológicos agropecuarios, y se necesita reconocer que producir alimentos no es solamente cuestión tecnológica, sino también cultural, social y ambiental, pero además, tanto la producción como el consumo de alimentos constituye un acto ético.

En particular sobre productividad agropecuaria, calidad de alimentos, efectividad económica y energética, así como salud integral, hay muchísimas informaciones científicas y experiencias de agricultores que demuestran que una agricultura con enfoque de sostenibilidad (base agroecológica) puede transitar hacia sistemas agrícolas de nuevo tipo, los que estarán en mejores condiciones para solucionar la mayoría de los problemas que enfrenta el sector agropecuario en muchos países.

Precisamente, el conflicto de intereses ocurre porque la agricultura sostenible contribuye a la soberanía tecnológica y eso afecta a muchísimos intereses. Por ello se afirma que “jugar” con las tecnologías globalizadas ha sido uno de los principales errores de enfoque de la producción agropecuaria en América Latina, Asia y África. Precisamente en países de África, donde en los últimos años se ha implementado el modelo de la “Revolución Verde”, las incompatibilidades de estas tecnologías en los sistemas agrícolas se están expresando en diferentes dimensiones, algunas de ellas no muy evidentes o enmascaradas, pero que tienen impactos negativos en el orden económico, tecnológico, social y ambiental.

Para la mayoría de los agricultores en América Latina y el Caribe, donde los recursos económicos escasean, la asistencia técnica es limitada e inadecuada y los efectos del cambio climático son significativos, la introducción de estos “paquetes tecnológicos” no resulta compatible, lo que muchas veces se expresa en el tiempo, cuando la “tecnología de punta” introducida no se mantiene o comienza a manifestar deficiencias. Proliferan las mezclas tecnológicas en fincas de agricultores de medianos y bajos ingresos, en que los resultados productivos son bajos y el costo económico y energético es elevado.

En Cuba, por ejemplo, donde se ha avanzado notable y exitosamente hacia la producción agropecuaria sostenible en sistemas campesinos, en la agricultura de montaña y en la agricultura urbana, donde se evidencian avances paulatinos en la agricultura suburbana, entre otros resultados, resulta de alto riesgo la introducción de estos “paquetes tecnológicos” superintensivos, caracterizados por el uso de agroquímicos, la mecanización y las variedades transgénicas. Por supuesto, los efectos negativos de estos “polos tecnológicos” son mayores cuando dichas tecnologías son introducidas e implementadas íntegramente “de afuera”, con la misma percepción de los “espejitos de los colonizadores”.

En la época de la conquista, los espejitos vislumbraban a los nativos y se los cambiaban por diversos recursos naturales, pero no resolvían sus problemas fundamentales y lo que sucedió después es bastante conocido. Actualmente, las tecnologías llamadas de “punta” en la producción agropecuaria, vislumbran de igual forma, pero no son la solución del problema de la seguridad y soberanía alimentaria.

La documentación científica sobre este tema es profusa y suficientemente esclarecedora, los debates de especialistas y técnicos en diversos escenarios constituyen una valiosa argumentación y, lo más importante, la percepción de muchísimos agricultores es irrebatible.

Estas evidencias sugieren que se debe desaprender el enfoque tecnológico del productivismo, que ha colonizado a la producción agropecuaria en muchos países del Mundo a través de la globalización.

Lo antes expuesto, a manera de reflexión personal, es una sugerencia de que el nuevo paradigma en la producción agropecuaria es la soberanía tecnológica para el manejo sostenible de tierras; es decir, no transformar, sino adaptarse a los ecosistemas.

Más importante que aprender es desaprender (E. Punset)


* El autor es Investigador Titular, Ingeniero Agrónomo, Doctor en Ciencias, Instituto de Investigaciones de Sanidad Vegetal (INISAV).

La Habana. Cuba. CE: lvazquez@inisav.cu