lunes, 27 de junio de 2011

Radionúclidos y cánceres


Rebelion_27-06-2011

Un radionúclido (o radionucleido) es un núclido radiactivo que se desintegra emitiendo una radiación ionizante que lo transforma en otro núclido o modifica su nivel de energía.

Núclido -o nucleido según el DRAE- es la denominación genérica de un núcleo atómico caracterizado por su número de protones, su número de neutrones y su estado de energía [1]. En la actualidad se conocen mas de 2.770 diferentes núclidos distribuidos entre los 113 elementos de la tabla periódica (naturales y artificiales). Mas de 2.510 de estos núclidos son radiactivos. La mayor parte de ellos obtenidos artificialmente en reactores nucleares y aceleradores de partículas. El concepto no es equivalente al de isótopo. Los núclidos se dividen en isótopos (núclidos de un mismo elemento que tienen igual número atómico, es decir, igual número de protones, y diferente masa atómica, es decir, diferente número de neutrones), isóbaros (núclidos de distintos elementos que tienen igual masa atómica y diferente número atómico), isótonos (núclidos de distintos elementos que tienen igual número de neutrones en el núcleo pero poseen distinto número atómico y masa atómica) e isómeros nucleares (elementos con diferentes estados de energía).

Los radionúclidos se difunden desde los diversos focos de emisión a través del aire, por deposición en el suelo o por el agua, llegando a las sociedades humanas directamente o a través de los alimentos, mediante su incorporación a las cadenas tróficas. Una cadena trófica, también llamada alimenticia o de nutrición, es la corriente de energía y nutrientes que se establece por su alimentación entre las distintas especies de un determinado ecosistema.

El medio ambiente terrestre se contamina a través de radionúclidos presentes en el aire, la lluvia, los regadíos, el suelo, procedentes, a escala local, de las fugas de las instalaciones nucleares, los almacenes de residuos o las explosiones subterráneas de armas atómicas, así como la radiación remanente de la no tan lejana época en la que las pruebas de este armamento se realizaban en la atmósfera. Sin más. Ya sea a través de los depósitos situados en el suelo o en la superficie, los radionúclidos pueden entrar en el ciclo de la materia, incorporándose a los productores primarios de la biomasa, es decir, a los vegetales, hongos, algas, bacterias,… y a través de ellos pasar a los animales (los seres humanos no excluidos).

Dados los riesgos asociados a la contaminación por iodo, estroncio o cesio, los mecanismos de su transferencia a la dieta son los mejor estudiados. Estos tres radionúclidos se incorporan a los vegetales por penetración foliar o absorción radicular. La fracción de actividad contaminante transferida depende de la forma de deposición, del tipo de planta y de la naturaleza del suelo.

En general, el cesio se fija muy bien en el suelo, mientras que el estroncio y el iodo son más móviles, y se absorbe y acumula fácilmente (hemos oído hablar de ellos tras la hecatombe nuclear de Fukushima). El producto primario puede contener cantidades importantes de radionúclido y contaminar así animales herbívoros. A partir de ahí, el paso a la alimentación humana más conocido es a través del ganado bovino.

Para el iodo 131, debido a su corto período de desintegración, la leche es el vector de penetración más importante y, en menor medida, los derivados lácteos. Diversas pruebas muestran su tránsito acelerado a través de la cadena alimenticia, detectándose su presencia en la leche y en el tiroides bovino y humano muy pocos días después de su emisión al medio. Por su parte, el estroncio 90 se distribuye en el organismo como el calcio: su contenido en la dieta se incorpora a los huesos, con una vida media biológica extraordinariamente larga.

La radiocontaminación de los alimentos de cultivos que utilizan regadíos de cuencas de agua nuclearizadas es uno de los aspectos que cada día resulta más preocupante. El grado de contaminación depende de la forma de riego y de los radionúclidos implicados. Cabe destacar la acumulación del zinc 65 por los vegetales y especialmente por el pasto, que se refleja en la leche y en la carne bovina.

Las cadenas alimenticias acuáticas que pueden transferir radionúclidos a los humanos son principalmente de origen marino: de las algas directamente a los seres humanos, o de las algas a los moluscos y crustáceos y posteriormente a los humanos. Son de gran capacidad concentradora y, por lo general, muy cortas. También hay que considerar las cadenas largas, fluviales o marinas, desde el fitoplancton a crustáceos y peces, y de estos a los humanos, más selectivas pero significativas para algunos radionúclidos como el cesio 137. Por otra parte, la capacidad de concentración biológica de algunas especies para determinados radionúclidos puede ser también un factor determinante para la contaminación de los niveles tróficos superiores. El hierro en las algas, el potasio en crustáceos o en moluscos, el estroncio en el caparazón o en sus conchas, son algunos ejemplos de ello.

El efecto de las radiaciones ionizantes en los seres vivos depende de diversos factores: de la energía que llevan estas radiaciones y de la cantidad cedida al tejido biológico atravesado, de su capacidad de penetración, de las características de las células, tejidos y especie irradiados, así como de la fuente de radiación. El plutonio 239, por ejemplo, que emite partículas alfa, es más agresivo que el cesio 137 y el estroncio 90 que emiten radiación gamma y beta respectivamente.

Existen, por otra parte, diversas fuentes de radiación de índole interna o externa. La irradiación externa procede de la exposición a una fuente de emisión situada fuera del organismo y actúa solo durante el tiempo que se esté en el área de exposición; la interna, en cambio, se emite desde las estructuras biológicas (tejidos, órganos, células) donde el radionúclido esté depositado, actuando en función del tiempo que permanezca incorporado al organismo, su vida media biológica, y de su período radiactivo.

La toxicidad inmediata de los radionúclidos  dejando aparte, en su caso, la nocividad química  es debida al brusco incremento de energía provocado desde el interior celular por las desintegraciones. En los casos de bioconcentración trófica, el ser vivo más dañado por la irradiación interna de los diferentes niveles del sistema, de la cadena, son los animales depredadores como es el caso de nuestra especie, que se halla en la cima de todas las cadenas alimenticias. No olvidemos, es sabido, que somos una especie -quizá la que más- altamente depredadora.

¿Cuáles son las principales vías de entrada en nuestro organismo de estos radionúclidos? La vía digestiva es la principal puerta de entrada de los radionúclidos contaminantes, donde confluyen las cadenas alimenticias terrestres y acuáticas. La absorción por esta vía es muy irregular y varía mucho según las características de los radionúclidos y de las moléculas de las que forman parte.

Los gases y las partículas ingresan en el organismo por vía respiratoria. En el caso de las partículas, en función de su tamaño y de sus características dinámicas, penetran más o menos en el árbol respiratorio pudiendo llegar hasta los alvéolos pulmonares. Una vez allí, según su solubilidad, pueden penetrar en el torrente circulatorio o quedarse en el pulmón. En este segundo caso se pueden depositar de forma muy heterogénea o bien pueden ser absorbidos por el sistema linfático. Si alcanzan el sistema circulatorio  por vía digestiva o inhalatoria  , los radionúclidos se distribuyen por el organismo y se acumulan en diversos órganos según sus características químicas. Por ejemplo, el estroncio se acumula en los huesos en competición con el calcio y el cesio compite en el músculo con el potasio. La vida media biológica, que, como es sabido, es el tiempo en el que la mitad de la masa del radionúclido incorporado al organismo se elimina (vale la pena insistir: LA MITAD), varía, dentro de ciertos límites, tanto de persona a persona y según la edad, como en función de los diferentes órganos que poseemos.

En el caso del plutonio 239, por ejemplo, su vida media en el pulmón es de unos 300 días, en los ganglios linfáticos traqueo-bronquiales de 1.500 a 1.800 días, de 82 años en el hígado, mientras que, caso de ser longevos como Matusalén, sería de 200 años en los huesos. Su vida media biológica, en todo nuestro organismo, sería de unos 175 años.

Así, pues, la toxicidad de los radionúclidos incorporados en los seres vivos viene determinada por sus propiedades químicas y físicas, por su capacidad de penetración, retención y distribución en el organismo, y por el tipo y dosis de radiación. Los efectos de las radiaciones dependen también de las características de los tejidos biológicos irradiados. Aunque es relativamente similar entre todos los mamíferos, la sensibilidad a las radiaciones internas aumenta cuanto más reciente es la aparición de la especie dentro de la escala filogenética. Por ello, como antes hablamos, la especie humana se encuentra entre las especies más sensibles.

¿Se puede afirmar entonces documentadamente, por lo que hasta ahora sabemos, que determinados tipos de cánceres, o acaso su mayor incidencia, tienen como origen último el uso de la energía nuclear? ¿Existe alguna relación de causalidad o alguna correlación positiva sospechosa, y que merezca investigación, entre ambos extremos? Veámoslo.

PS. No nos resistimos a reproducir el paso final de un reciente artículo de Rafael Poch publicado en La Vanguardia –“La histeria va con el precio”- y reproducido en rebelión [2]. Va de antinucleares y del movimiento 15-M: “[…] Cuando en Alemana arrancaba en los setenta el movimiento antinuclear, el establishment hacía afirmaciones y acusaciones disparatadas del mismo tenor. El Presidente de Baden-Württemberg, Hans Filbinger, decía que sin la contestada central nuclear de Wyhl, “las luces de nuestra región comenzarán a apagarse a finales de la década”. Antes de esa fecha, en 1978, Filbinger, un antiguo juez nazi, tuvo que dimitir al conocerse su participación en sentencias de muerte del régimen anterior. El movimiento ciudadano era criminalizado sin complejos. “Su núcleo lo forman puros terroristas, meros delincuentes”, decía el democristiano Gerhard Stoltenberg, presidente de Schleswig-Holstein. “Hay que hablar no tanto de alborotadores como de terroristas”, decía el ministro de justicia, el socialdemócrata Hans-Jochen Vogel. Más tarde, en enero de 1980, cuando se fundó el Partido Verde, el ideólogo del SPD, Egon Bahr, anunciaba el nacimiento de un “peligro para la democracia”, mientras su colega Erhard Eppler comparaba la presión de las manifestaciones antinucleares con las marchas callejeras de las escuadras nazis de la S.A”.

¿Les suena la melodía? Poch prosigue: “Todo esto debe ser recordado hoy, cuando, después de Chernobyl y Fukushima, Alemania pone fecha al fin de la energía nuclear. Se ofrece así un poco de perspectiva sobre lo que le espera a una ciudadanía que ahora toma la palabra. Cualquiera que hoy hable en Europa de propuestas de cambio tan razonables como nacionalizar la banca, o prohibir el uso de las fuerzas armadas fuera de las fronteras sin expreso referendo popular, merece ese tipo de histeria. Que a lomos del camello haya un truhán cairota con turbante o un conseller inepto con barretina, cambia poco el asunto: la histeria va en el precio de cuestionar la oligarquía”.

Tomado de ERF y SLA, Casi todo lo que usted deseaba saber algún día sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y el medio ambiente.Barcelona, El Viejo Topo, 2009.

Notas:

[1] El DRAE define –o definía- incorrectamente nucleido como núcleo atómico caracterizado por contener igual número de protones que de neutrones.

[2] http://www.rebelion.org/noticia.php?id=130807

domingo, 26 de junio de 2011

Una organización ecologista informa de los impactos ambientales y sociales que oculta Shell

Amigos de la Tierra_26-06-2011

La organización Amigos de la Tierra internacional presentó el informe "fe de erratas" sobre los impactos sociales y ambientales de la petrolera holandesa Shell. Con este informe pone de manifiesto cómo ocultan sus impactos en sus informes anuales.

Durante la asamblea general anual (AGA) de Shell realizada el 17 de mayo en La Haya, Amigos de la Tierra Internacional presentó el informe “fe de erratas”al informe anual de Shell 2010. En este documento, que se distribuyó entre accionistas, Shell ’admite’ que sus operaciones de petróleo, gas y biocombustibles a nivel mundial “están provocando mucho daño no deseado e innecesario”. La empresa afirma además que Shell “aprendió de estos errores” y promete “asumir total responsabilidad para prevenir y mitigar los costos para el medio ambiente y las personas afectadas por nuestras operaciones”.

El informe de “fe de erratas” publicado hoy por Amigos de la Tierra Internacional destaca 12 casos en 5 continentes. Muestra los impactos climáticos y ambientales de las operaciones de gas y petróleo de Shell, pero también demuestra la participación de Shell en la violación a los derechos humanos e irregularidades en el cumplimiento de las normas laborales, como las que surgen de la sociedad de riesgo compartido entre Shell y la empresa productora de biocombustibles Cosan S.A., que ha estado vinculada al trabajo esclavo y a violaciones a los derechos laborales. Asimismo, el informe menciona casos de corrupción e interferencia en la política para asegurar ganancias. La fe de erratas, que debería servir como un llamado de alerta a los accionistas y el directorio de Shell, se fundamenta en un informe en profundidad acerca de 12 casos que implican contaminación con riesgo para la vida, soborno, esclavitud y violación de las leyes nacionales e internacionales.

Paul de Clerck, coordinador de la campaña de corporaciones de Amigos de la Tierra Internacional, dijo: “Esperamos que las promesas en la fe de erratas que redactamos para Shell se vuelvan realidad. Shell es consciente del daño que está causando al medio ambiente y de la violación a los derechos de las comunidades locales en la que está involucrada. Queremos que la empresa tome medidas para compensar este daño y evitar futuros daños”.

Representantes de diferentes comunidades afectadas por el accionar de Shell estuvieron presentes hoy durante la presentación de la “fe de erratas” a los accionistas y directorio de Shell:

Eric Dooh, un campesino nigeriano que presentó un juicio contra Shell en Holanda [1] por la negativa de la empresa de limpiar los derrames petroleros en estanques de peces y en sus campos, dijo: “Los derrames de petróleo de los oleoductos de Shell han contaminado seriamente el agua y la tierra agrícola de nuestra localidad. Queremos que Shell limpie la contaminación para poder volver a pescar y cultivar”.

Lionel Lepine, representante de Athabasca Chipewyan First Nation en Canadá, dijo: “Las operaciones de arenas de alquitrán de Shell están perturbando nuestra forma de vida tradicional. Están destruyendo nuestro aire, nuestra agua, nuestra tierra y nuestras plantas medicinales y aves, peces y animales de los que dependemos para el sustento de nuestra gente”. El Sr. Lepine dijo además que “La huella de Shell en nuestras tierras tendrán un efecto en varias generaciones que aún no han nacido, están violando nuestros Derechos Indígenas, los derechos de nuestra sagrada Madre Tierra y estamos aquí en su AGA para avisarles que vamos a detenerlos”.

Amigos de la Tierra Internacional exige que Shell:

  • Limpie la contaminación y pague compensación a las víctimas
  • Mejore el mantenimiento de sus operaciones para evitar nuevos casos de contaminación
  • Disminuya la huella de carbono de sus operaciones
  • Ponga fin a las operaciones que plantean graves riesgos a los suministros de agua, a la salud, la agricultura y la biodiversidad, como el fracturamiento hidráulico de alto volumen de gas y la perforación en el Ártico y en alta mar.
  • Cese las violaciones a los derechos humanos y pague compensación a las víctimas

Fuente: Amigos de la Tierra, 17/05/2011.

sábado, 25 de junio de 2011

Los efectos de la radiactividad sobre la salud humana y los ecosistemas
Energía nuclear: un cáncer para el medio ambiente


Ecologista_25-06-2011


La actividad relacionada con la energía nuclear, incluso en ausencia de accidentes, ha provocado una gran concentración de productos radiactivos, lo que tiene graves consecuencias sobre la salud humana y el resto de seres vivos. Los principales daños a la salud se materializan por la capacidad de las sustancias radiactivas, especialmente cuando las ingerimos, de alterar el ADN de nuestras células, haciéndolas proclives al cáncer.

Existe un fondo de radiactividad natural en el medio ambiente que está contenido en la corteza terrestre o que ha sido generado a partir de la interacción de los rayos cósmicos con la atmósfera y la superficie. Estos elementos radiactivos se distribuyen de manera heterogénea por la geografía de nuestro planeta, y a pesar de que existan de forma originaria en la biosfera, no son inocuos. La población que habita en una zona de alta radiactividad tiende a sufrir más rupturas cromosómicas (rotura de la cadena de ADN contenido en el cromosoma que puede causar cáncer, entre otras afecciones) que la gente que vive en zonas de baja radiactividad. Pero estos problemas se multiplican cuando entra en juego el nuevo cupo de elementos radiactivos resultantes de la actividad humana.

El nivel de exposición de la especie humana –la más radiosensible al situarse entre las especies más recientes en la evolución y que, por tanto, se desarrollaron con un fondo radiactivo menor– a estas radiaciones, ha ido aumentando a partir de que entra en funcionamiento, en 1942, el primer reactor nuclear ideado por Enrico Fermi.

Con los reactores llega la fisión del uranio-235 –con una vida media de 713 millones de años– produciendo una serie de elementos radiactivos (también denominados radionucleidos o radioisótopos) que van a expandirse por el ambiente y a permanecer activos durante millares de años. La hipoteca a futuro que representa esta contaminación ambiental no sólo impacta negativamente en los alrededores de las centrales sino que afecta a todo el ecosistema global.

En las próximas líneas, se tratará de analizar qué efectos tiene la radiactividad, en cantidades distintas a las naturales, sobre el medio ambiente y, por consiguiente, en la salud humana.

Ecosistemas con mayor radiactividad

El medio terrestre se contamina a través de radionucleidos presentes en el aire, la lluvia, los regadíos, el suelo, etc. procedentes de las fugas de las instalaciones nucleares, los almacenes de residuos o las explosiones de armas atómicas. Los radionucleidos pueden entrar en el ciclo de la materia, incorporándose a los productores primarios de la biomasa –vegetales, hongos, algas, bacterias, etc.–, y a través de ellos pasar a los animales y a los humanos.

Hay muy pocos informes (por lo menos, que hayan salido a la luz) que determinen de manera exacta qué consecuencias acarrea la expansión de nuevos elementos radiactivos en los ecosistemas. No obstante, con la certeza de que es la actividad humana la que ha provocado el aumento de radiactividad en el planeta, lo que sí puede analizarse es el ciclo completo de la energía nuclear, desde que el uranio sale de la mina hasta que se convierte en combustible para el reactor nuclear y luego en residuo. De esta manera, se puede inferir cuál es la responsabilidad del proceso nuclear en la alteración del ecosistema y los daños en la salud humana.

Todo el ciclo nuclear produce contaminación

En primer lugar, la extracción de uranio del subsuelo supone introducir en la biosfera productos radiactivos que permanecían hasta entonces retenidos en la corteza terrestre de forma segura, contribuyendo al envenenamiento radiactivo de los sistemas naturales. Por ejemplo, en 2005 se necesitaron 41.595 toneladas de mineral de uranio, que exigieron remover entre 6 y 7 millones de toneladas de rocas (según los informes del World Uranium Mining). Estas ingentes cantidades de mineral de uranio deben transportarse a las fábricas de minerales concentrados. Allí se obtienen unas 1.000 toneladas de óxido de uranio, generándose en este proceso más de un millón de toneladas de residuos sólidos y líquidos, que contienen el 85% de la radiactividad original del mineral.

Estos materiales permanecen abandonados en los alrededores de las fábricas emitiendo radón-222 al aire y lixiviando productos radiactivos a las aguas superficiales y subterráneas durante siglos. Luego pasan a las fábricas de conversión y después a las de enriquecimiento para, más tarde, crear las barras de combustible. En cada una de las fases indicadas se genera una gran cantidad de residuos radiactivos, entre ellos el uranioempobrecido: más de 1.000 toneladas por cada carga de combustible en un reactor, y que la industria nuclear regala (¡a coste cero!) a las fábricas de armamento.

En definitiva, las centrales nucleares son una fábrica de plutonio-239, un elemento extremadamente tóxico (química y radiactivamente) inexistente en la biosfera y de uranio-238 o empobrecido. Este último se utiliza en el recubrimiento de todo tipo de munición que, en el momento del impacto, se convierte en un aerosol inflamable cuando entra en contacto con el oxígeno. Estas partículas micrométricas, que se transportan con el viento y la lluvia a grandes distancias, permanecen en el ambiente durante millares de años emitiendo radiactividad y transformándose, por desintegración, en otros elementos de mayor intensidad radiactiva.

Las centrales nucleares emiten, en funcionamiento normal, al agua y al aire, cantidades nada despreciables de radiactividad. Una central nuclear de 1.000 MW emite 9.500 becquerelios (unidad de medida que equivale a una desintegración nuclear por segundo) por cada kWh generado. Ello significa más de 240 billones de becquerelios por cada año de funcionamiento. Y todo esto en el escenario del funcionamiento cotidiano, sin accidentes de las centrales. En un escenario de desastre nuclear como el de Fukushima se multiplican la radiactividad introducida en la biosfera y también sus efectos.

Por desgracia, los accidentes nucleares son más frecuentes de lo que denotan los titulares de los grandes medios de comunicación. No tan lejano, cabe recordar el otro accidente que se produjo en Japón en 2007, en la isla de Honsu, a 200 kilómetros de Tokio. Un terremoto de intensidad 6,8 en la escala Richter, puso en jaque a la gigantesca planta nuclear de Kashiwazaki-Kariwa, una de las más grandes del mundo. Los informes elaborados en aquellos momentos hablaban de fugas radiactivas, de conductos obsoletos, de tuberías quemadas, aparte de los incendios. Unas doce mil personas tuvieron que ser evacuadas de la ciudad situada al lado de la central.

Marina Forti, una periodista especializada en problemas ecológicos y mediombientales, colaboradora del diario italiano Il Manifesto, hablaba de emisiones a la atmósfera de “pequeñas cantidades” de sustancias radiactivas como cobalto-60, yodo-131 y cromo-51 y más de 1.000 litros de agua radiactiva vertidos al mar, no del litro y medio del que se habló el primer día después del accidente. Lo sucedido no fue una “pequeña fuga” sin consecuencias para el medio ambiente.

Uno de los problemas ecológicos más preocupantes son las fugas de agua radiactiva al mar, de los que Fukushima ahora va a ser un desgraciado banco de pruebas. Estos vertidos tienen graves consecuencias para el ecosistema marino y, por tanto, para la salud humana, ya que son las cadenas alimenticias acuáticas de origen marino las que más fácilmente pueden transferir radionucleidos a los humanos. La contaminación pasa de las algas a los seres humanos, o de las algas a los moluscos y crustáceos, y luego a los humanos. Son cadenas muy cortas y, por lo general, de gran capacidad concentradora. En este sentido, la capacidad de concentración biológica de algunas especies para determinados radionucleidos puede ser también un factor determinante para la contaminación de los niveles tróficos superiores. Por otro lado existen las cadenas acuáticas largas, en las que los radionucleidos se transfieren de plancton a invertebrados, de estos a peces y acaban biomagnificados en las especies marinas predadoras, situadas en lo alto de las cadenas tróficas (atún, pez espada, tiburones, etc.).

Es evidente que, a causa de un desastre nuclear, hay miles de procesos biológicos que resultan alterados. Otro ejemplo, es la contaminación de cultivos que utilizan regadíos de cuencas de agua nuclearizadas. El grado de contaminación depende de la forma de riego y de los radionucleidos implicados; en el caso del cesio-137 o del zinc-65, su absorción por parte de los vegetales y del pasto se refleja rápidamente en la leche y en la carne bovina.

¿Cómo actúa un radionucleido en nuestro organismo?

A través de la energía nuclear y otros procesos tecnológicos, introducimos en la biosfera elementos radiactivos que son muy similares a los que fisiológicamente utiliza nuestro organismo. El estroncio-90, por ejemplo, que es uno de los elementos más importantes de la contaminación provocada por Chernóbil, es un radionucleido que se distribuye en el organismo como el calcio: incorporándose a los huesos. Es decir, los radioisótopos actúan como elementos no radiactivos que existen en la naturaleza y que son necesarios para la vida pero causando diversas afecciones.

Como se ha visto, los radionucleidos se difunden a través del aire, por deposición en el suelo o por el agua, llegando a las comunidades humanas directamente o a través de los alimentos, mediante su incorporación a las cadenas tróficas. La vía digestiva es la principal puerta de entrada de los radionucleidos contaminantes. Los gases y las partículas que ingresan en el organismo por vía respiratoria penetran, más o menos en función de su tamaño, en el árbol respiratorio pudiendo llegar hasta los alvéolos pulmonares. Una vez allí, según su solubilidad, pueden penetrar en el torrente circulatorio o quedarse en el pulmón. Si alcanzan el sistema circulatorio, los radionucleidos se distribuyen por el organismo y se acumulan en diversos órganos según sus características químicas.

Esto es lo que se denomina radiación interna ya que la radiación se emite desde las estructuras biológicas (tejidos, órganos, células) donde el radionucleido está depositado. A la hora de evaluar el impacto sobre la salud humana, es de máxima importancia conocer si la radiación es externa o interna. Por ejemplo, el uranio utilizado en los reactores nucleares se desintegra en partículas alfa –partículas poco penetrantes–, de manera que, cuando la radiación es externa, es decir, la fuente de emisión está situada fuera del organismo, el peligro es relativamente bajo porque no penetra yactúa solo durante el tiempo que se esté cerca o en contacto con dicho material.

En cambio, el uranio presenta un alto riesgo de irradiación interna y toxicidad química cuando la exposición se efectúa por inhalación e ingestión. Cuando un radionucleido se acumula en una célula, al desintegrarse en su interior, prácticamente toda la energía se va a disipar allí. Las consecuencias son: o mata la célula o rompe sus cadenas de ácidos nucleicos. Esta ruptura produce una mutación y esta mutación puede desencadenar, a largo plazo, un cáncer.

La leucemia es el primer tipo de cáncer asociado con la exposición a radiaciones. Aunque también se evidencia un riesgo elevado de padecer cáncer de estómago, colon, hígado, pulmón, mama en las mujeres y tiroides, entre los más frecuentes. El problema reside en que ante un determinado cáncer –un cáncer de tiroides, por ejemplo– no se puede saber si está causado concretamente por la radiactividad o si tiene su origen en otras causas. Se podría llegar a inferir midiendo la radiactividad absorbida, pero como el cáncer aparece unos cinco años después de la exposición, en el caso del tiroides, el iodo radiactivo ya ha desaparecido, con lo que no hay pruebas objetivas de laboratorio para determinarlo. Solo la epidemiología de cohortes expuestas y no expuestas muestra el incremento de tumores debido a la radiación recibida.

Por otra parte, el proceso de desintegración de una partícula radiactiva en nuestro organismo también puede generar un estrés oxidativo en las células. Este estrés se da cuando el agua de la célula se ioniza y origina un proceso oxidativo que modifica todo un conjunto de parámetros, haciendo que el organismo sea mucho más vulnerable a trastornos o infecciones e, incluso, alteraciones neurológicas. Conviene tener presente que al estar incorporado en el organismo, el radionucleido está irradiando continuamente a las células y, por tanto, los daños no se limitan únicamente a las células expuestas directamente sino también a las células y tejidos circundantes.

Invocando el principio de precaución

Considerando el impacto que puede llegar a tener la energía nuclear en la salud y el medio ambiente –aunque los escasos estudios no puedan demostrar la asociación entre riesgo y exposición más que en ciertos casos–, es preciso aplicar el principio de precaución que puede invocarse cuando es urgente intervenir ante un posible peligro para la salud humana, animal, vegetal o biológica, en general.

La energía nuclear es uno de estos casos. Se ha demostrado a lo largo de la historia –y desgraciadamente, siempre a raíz de un desastre nuclear– que la energía nuclear, que iba a ser tan barata, es la forma más cara de producir electricidad cuando se considera su ciclo completo, con sus respectivos efectos sobre el ecosistema global del que dependemos.

Mariola Olcina es miembro de Ecologistas en Acción

Bibliografía

E. Rodríguez Farré y S. López Arnal, 2008: Casi todo lo que usted desea saber sobre los efectos de la energía nuclear en la salud y en el medio ambiente. Barcelona, El Viejo Topo p 194. (Ed. Luarna, edición electrónica).