lunes, 26 de diciembre de 2011


Fracking: buscando el cielo capitalista (I)


La Jornada_26-12-2011


Parece que el calentamiento global ya dejó de ser el asunto. Tanto en la política global (lo vimos en Durban), como en la política interna de los países (sobre todo del Norte).Lo último es muy visible en Estados Unidos donde –como demostró Naomi Klein– la derecha ‘en nombre de la crisis’ logró presentar la acción por el clima cómo ‘una vía a un Armagedón económico’, a ‘elevar los costos de mantener a los hogares’ y a ‘bloquear la creación de nuevos lugares de trabajo’ en perforaciones y construcciones de nuevos ductos (‘Capitalism vs the Climate’, The Nation, 9/11/2011).
Lo que importa ahora es la búsqueda de nuevas fuentes de energía ‘tradicional’ con el uso de nuevas tecnologías para las extracciones ‘más extremas’ y riesgosas: en las profundidades de los mares (que acabaron en un desastre en el Golfo de México), de la tierra (con la fractura hidráulica o fracking que libera y junto con la perforación vertical da el acceso a los hidrocarburos atrapados en las formaciones rocosas) o el aprovechamiento de las fuentes de energía más sucias (las arenas bituminosas).
Gracias a los yacimientos no-convencionales antes inaccesibles, el petróleo y el gas natural se volvieron abundantes. Felizmente se pospuso el ‘peak oil’ –‘el fin del mundo como lo conocemos’. Los políticos y las compañías dicen que ‘estamos salvados’.
Más bien ‘fritos’. Literalmente: los yacimientos convencionales ya contenían más de doble de lo que podemos quemar para no asarnos (Carbon Tracker Initiative).
Como apunta Klein, la acción real por el planeta implicaría decarbonizar la economía ‘ya’ y re-pensar el paradigma del crecimiento. Pero esto sería un golpe mortal para el ‘libre mercado’ y el capitalismo.
En este sentido las ‘extracciones extremas’ no son otra cosa que la búsqueda de seguir con lo mismo, sin importar las consecuencias para el clima y el medio ambiente. Fracking y el gas de pizarra (gas shale) son buenos ejemplos de esto.
Por un lado éste es presentado como una ‘alternativa’ al petróleo y al carbono y ‘un puente’ hacia las energías renovables –pero sigue siendo un combustible fósil y además durante su extracción se libera metano (per saldo su impacto es mayor que del gas natural normal). Por otro, frackinginyectando millones de litros de agua, arena y sustancias químicas a gran presión en las hondas capas geológicas representa una amenaza para la naturaleza y los seres humanos –pero es promovido como algo ‘muy seguro’ y ‘sin duda beneficioso’.
Estados Unidos, que desarrolló e implementó dicha tecnología a escala industrial, desde hace unos años experimentaron un boom en perforaciones a lo largo y ancho del país y una revolución en el mercado energético: las reservas del gas aumentaron enormemente, sus precios cayeron casi por cuatro y el país se convirtió en su primer productor mundial superando a Rusia y Gazprom.
Según Daniel Yergin, analista del mainstream intelectual y político el gas de pizarra ‘cambió todo’, tanto internamente, como en lo geopolítico (‘The Quest: Energy, Security, and the Remaking of the Modern World’, 2011).
El cambio trajo también la destrucción. Pero los testimonios de los afectados (como las que recogió Josh Fox en Gasland), la contaminación de las fuentes de agua por metano migrante y químicos, el deterioro de la salud de la gente donde se extrae el gas de pizarra son tratados con negación. Gracias a Dick Cheney fracking fue excluido de Safe Drinking Water Act (‘Halliburton Loophole’), lo que permite inyectar los químicos sin ningún control (las compañías mantienen incluso en secreto la composición de la mezcla, aunque se sospecha que de más de 260 sustancias usadas, unas 60 son tóxicas y/o cancerígenas).
A principios de diciembre la Agencia de Protección Ambiental (EPA), finalmente señaló que la contaminación de los pozos en Wyoming ‘puede estar relacionada con fracking’ (The Guardian, 9/12/2011).
Una conclusión cautelosa, pero un golpe duro para la industria y el lobby pro-gas. Y una buena noticia para los ambientalistas que luchan por prohibir el fracking en varios estados.
EPA ya está en la mira de los apóstoles del ‘libre mercado’ que pregonan que ‘menos regulación ambiental’ incentivaría a las compañías a crear más empleos. La argumentación apoyada por Obama que da estímulos financieros y exenciones a los grandes contaminadores y apuesta al gas de pizarra como ‘un combustible para el crecimiento’ (aunque su efecto para la economía puede ser más de la siguiente burbuja: las compañías para atrapar el capital público y privado podían haber exagerado la cantidad del gas extraíble y su rentabilidad, The New York Times, 26/6/2011).
Así que no es sobre los empleos (se pueden crear sin recurrir a las tecnologías sucias y riesgosas, pero se necesitaría otro enfoque macroeconómico). Es un afán de las empresas de seguir auto-regulándose, privatizando las ganancias y socializando los costos al medio ambiente y a la gente (sin esto el gas de pizarra no sería tan barato).
Es el cielo para los capitalistas y el infierno para todos los demás.


Maciek Wisniewski es periodista polaco


Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/12/18/opinion/027a1eco

domingo, 25 de diciembre de 2011


     
Manifiesto campesino


El Viejo Topo_25-12-2011

Sobre el libro de Silvia Pérez-Vitoria, El retorno de los campesinos. Una oportunidad para nuestra supervivencia. Icaria, Barcelona, 2010, 207 páginas (edición original francesa 2005).

La cuestión campesina nos concierne a todos. De ella depende nuestra alimentación y una gran parte de nuestro medio ambiente, de ella dependerá en un futuro cercano nuestro modo de vida, nuestra cultura. Es posible que no nos hagamos todos campesinos, pero es poco probable que nuestra sociedad tenga futuro sin un campesinado numeroso y fuerte.
Con estas palabras concluye Silvia Pérez-Vitoria su ensayo El retorno de los campesinos. Una oportunidad para nuestra supervivencia [ERDLC].Consta éste de una Introducción, la conclusión y seis capítulos: “En el comienzo fue la Tierra…”, “Del campesino al productor agrícola”, “Habilidades y técnicas”, “Producción y comercio”, “las Luchas campesinas” y “El siglo XXI será campesino… o no será nada”. Una de las finalidades básicas de la investigación queda expuesta en la introducción del volumen: “Si preguntamos sobre la liberación que el progreso tecnológico ofreció a las mujeres, resulta que una agricultora nos cuenta cómo la mecanización del ordeño de las vacas le hizo perder una función social que iba mucho más allá de la simple tarea que debía realizar. Si hablamos de las maravillas de la tecnología agronómica, los campesinos del mundo entero pueden testificar sobre las aberraciones que se les obligó aceptar, sobre la incompetencia de los que iban a aconsejarles y de las consecuencias de lo que les impusieron. Estos pocos ejemplos lustran aquello que el discurso tecnocrático dominante ha tapado. Este libro querría, a la vez, revelar todo lo que ese discurso enmascara y llamar a la interrupción de esta masacre del campesinado que perjudica tanto a los campesinos como a todo el planeta” (p. 16)
ERDLC es una aproximación a la cultura, a la historia y al trabajo del campesinado. Un documentado manifiesto a su favor, una apología argumentada de su importancia para la prosecución equilibrada de la vida en nuestro planeta, que parte de una situación de enorme desequilibrio. En América Latina dos tercios de las tierras pertenecen al 1,5% de los propietarios; en África, las propiedades de las tres cuartes partes de los campesinos no representan más que el 4% del total de las tierras (p. 25). Por lo demás, el número de campesinos sin tierra en el mundo no deja de crecer. Estamos en los 500 millones.
En ERDLC pueden leerse historias esperanzadoras como la siguiente (pp. 174-177): En Cádiz, unos campesinos sin tierra lograron instalarse en un terreno mediocre dejando largo tiempo en barbecho. En apenas dieciocho años, la cooperativa que constituyeron sigue en plena acción. Elaboraron un proyecto de vida y a la vez de experimentación agrícola. Están, además, en el origen de la creación de un movimiento colectivo de mejora del ambiente. Manolo y Enrique, campesinos sin tierra, miembros del SOC en su momento, dos de los fundadores, jamás habían tenido un huerto en propiedad. Habían trabajado en su juventud en las plantaciones de los grandes propietarios de Andalucía o de los viticultores franceses. Impregnados de ideales anarquistas, se desmarcaron de los procedimientos autoritarios que, según la autora, se desarrollaron en el sindicato campesino. Después de muchas luchas y dificultades humanas, formaron la Cooperativa La Verde que funciona sobre 14 Ha en producción hortense biológica; nueve de estas hectárea son propiedad del Estado y las cinco restantes son de la cooperativa. La cría de unas ovejas y algunos cerdos para consumo propio completan su producción y contribuye a la fertilización.
Formaban la cooperativa en 2005, seis miembros: cuatro hombres y dos mujeres. Tres de ellos habían sido obreros; los otros tres son jóvenes. La opción de desarrollar una actividad biológica proviene de la sensibilidad del grupo a los problemas ambientales. A partir de la adquisición de conocimientos con especialistas pero, sobre todo, con campesinos tradicionales, estos nuevos campesinos pudieron desarrollar una producción muy diversificada de hortalizas y frutas con un sistema apenas mecanizado y sin insumos químicos. La Verde ha implantado también un circuito de compra y de venta para los horticultores biológicos de los alrededores. Un miembro de la cooperativa realiza un recorrido tres veces por semana por las ciudades de los alrededores llevando los productos a los consumidores. La cooperativa pretende salvar las variedades locales en vías de desaparición y contribuir de este modo a preservar la biodiversidad de la región. Han establecido un banco de semillas. La Verde aspira a que su experiencia contribuya a la modificación del ambiente agrícola local. Su consumo está lejos de los modelos urbanos. “Mediante su centro de recepción y de venta de los productos locales se establecen complementariedades en el momento de la siembra y de la cosecha, a fin de que los productos no lleguen todos al mismo tiempo para su venta” (pp. 176-177). Lo que importa no es la competitividad sino la solidaridad. Esta es el principio que rige en la Cooperativa La Verde, un intento apenas conocido, para nuestra propia vergüenza, en otras localidades españolas. Como en “Bread and Roses”: ¿Podemos? Sí, podemos.
Silvia Pérez-Vitoria es precisa y contundente en sus críticas a conceptos como “comercio justo” o “desarrollo sostenible”, al igual que en su exposición de términos como soberanía alimentaria, central sin duda en su argumentación y propuesta política. Lo mismo puede afirmarse de sus aproximaciones a instituciones como la FAO. Es posible, sin embargo, que no haya tenido suficientemente en cuenta aspectos no tan positivos de la cultura e historia campesinas, probablemente no sea éste el objetivo de su intervención, y en ocasiones tal vez haya mostrado al campesinado como un todo demasiado homogéneo no atravesado por conflictos sociales interno. No es el punto ahora. Cabe aquí señalar, eso sí, que algunas aproximaciones a temas históricos, a tradiciones emancipatorias no anarquistas o a la ciencia y tecnología contemporáneas, exigirían, en mi opinión, más de un matiz que la autora no introduce. Por lo demás, la tradición anarquista es presentada de manera excesivamente inmaculada. Daré algunos ejemplos de ello.
Para contraponer ciudad (cegada y consumista)-campo (productivo y equilibrado), Pérez Vitoria señala que “en Nicaragua, en la época del gobierno sandinista, el bloqueo estadounidense había causado cierta escasez y la población de la capital, Manugua, se quejaba de “falta de todo”. En el campo, el discurso era diferente: la gente se preocupaba sobre todo de asegurar la cosecha y de venderla. El universo maravilloso de la “sociedad del consumo” no es el mundo campesino” (p. 185). Tampoco era entonces un universo consumista el de los trabajadores y pobladores de las ciudades nicaragüenses: no toda la “población” de Managua se quejaba de la falta de todo. Ni mucho menos. Eran voces interesadas las que abonaban esa afirmación. Las mismas voces que años atrás en Chile.
La violencia ejercida por la ciencia contra la naturaleza, en opinión de Pérez-Vitoria, está a la altura de la que han ejercido los poderes dominantes contra los campesinos (p. 186). Lo más importante es que “para intentar recuperar lo que aún se puede, la ciencia no nos ayuda en nada”. Su justificación de esa creencia: “Como afirman los partidarios de la agroecología, sólo partiendo de los saberes locales se podrá reconstruir una naturaleza viable. Los campesinos son indispensables para conseguirlo. A pesar de la empresa de demolición sistemática del campesinado tradicional, este sobrevive y hay que restituirle su rango en el orden del conocimiento”. ¿No conoce Pérez-Vitoria ningún científico entre los agroecólogos a los que se refiere? ¿No es inconsistente esa tesis sobre “una ciencia que no nos puede ayudar en nada” con su inmediata afirmación de que “la ciencia y la técnica pueden hacer algunas aportaciones”? (p. 186). ¿No es Vandana Shiva, autora a la que cita en repetidas ocasiones, una científica activista? ¿No son legión los científicos que en el mundo abogan por el principio de precaución y que están alejados de todo desarrollismo y cientificismo cegador?
Para los marxistas, señala Pérez-Vitoria, la propiedad de la tierra es una de las formas de la apropiación privada de los medios de producción. “Este análisis condujo a la mayor parte de los llamados países socialistas a nacionalizar las tierras con el fin de eliminar esa “relación burguesa” y a transformar la “propiedad privada” en “propiedad pública” o “estatal”. Esta destrucción de la pequeña propiedad familiar tuvo consecuencias catastróficas en la producción agrícola” (p. 23). No se trata de ocultar, olvidar o negar errores, desaguisados o incluso catástrofes, pero, ¿ese es el justo e informado balance que debe hacerse de toda la tradición marxista urbi et orbe? ¿Fueron, por ejemplo, tan ciegos en ese ámbito el PSOE y el PCE durante la II República y la guerra civil? ¿Acertaron siempre los anarcosindicalistas en sus prácticas colectivizadoras?
Silvia Pérez-Vitoria abre su volumen con unas palabras del a veces injustamente olvidado Helder Cámara: “Cuando uno sueña solo, no es más que un sueño; cuando soñamos juntos, es el comienzo de la realidad”. Si la autora ha soñado al escribir este magnífico libro, no lo ha hecho en solitario.


Salvador López Arnal es autor de Entre clásicos (La Oveja Roja, Madrid, en prensa).

sábado, 24 de diciembre de 2011


   
Consumir perjudica gravemente su salud... y la del planeta


Rebelión_24-12-2011



“La mujer, desesperada por obtener las mejores ofertas en la tienda de descuento Wal-Mart, regó con un spray de pimienta a las personas que esperaban con la intención de alejarlas de la mercancía que ella quería”. Ésta podría ser la escena de una película de Pedro Almodóvar si no fuese porqué la imagen pertenece a la realidad y tal relato fue publicado, el 25/11/2011, en el periódico Los Angeles Times.

Visto lo visto podríamos sugerir que frente a los grandes centros comerciales, y aún más en época de rebajas, se colocaran grandes carteles advirtiendo que “consumir perjudica gravemente su salud”, al más puro estilo de las Autoridades Sanitarias. Y es que el consumismo irracional, superfluo y no necesario, que promueve el sistema capitalista, no sólo puede afectar de manera inesperada y contundente nuestra salud vía “ataque de spray pimienta” sino que sobre todo afecta la “salud” del planeta.

Sólo por poner un ejemplo, si todo el mundo consumiera como un estadounidense medio harían falta cinco planetas tierra para colmar nuestra voracidad, pero de planeta tierra sólo tenemos uno aunque se nos quede pequeño. Nos hemos acostumbrado a vivir sin tener en cuenta que habitamos en un mundo finito y el capitalismo se ha encargado muy bien de ello. Se asocia progreso a sociedad de consumo, pero tendríamos que preguntarnos progreso para qué y para quiénes y a costa de qué y de quiénes.

Los cantos de sirena de la modernidad nos dicen que consumir nos va a hacer más felices, pero tal felicidad nunca llega por más que compremos. “Ahoga tus penas con una buena compra” parece el slogan del capitalismo de hoy, pero nuestra insatisfacción nunca queda satisfecha. La felicidad no llega golpe a de talonario.

Nos dicen que compremos unas gafas Chanel, un osito Tous o unos pantalones Mango para sentirnos Claudia Schiffer, Jennifer López o Gerard Piqué. La época de vender un producto ha pasado a la historia. Ahora, como enseñan las buenas escuelas de marketing, nos venden al famoso de turno junto a la promesa de “salud, dinero y amor”. Y nosotros pagamos encantados el precio de nuestros sueños.

Nos venden lo anecdótico como imprescindible y lo banal como necesario y nos crean una serie de necesidades artificiales. Cambiar de ropa cada temporada, un móvil de última generación, una televisión de plasma, etc., etc., etc. Con el consiguiente monto de residuos tecnológicos, de vestir, electrónicos... que desaparecen tras nuestra puerta y que pasan a engrosar las pilas de deshechos en los países del Sur, contaminando aguas, tierra y amenazando la salud de sus comunidades.

O bien el sistema contraataca con su obsolescencia programada... planificando la fecha de caducidad de todo aquello que compramos para que al cabo de X tiempo se estropee y tengas que adquirir otro nuevo. ¿Para qué una bombilla que nunca se apaga, unas medias sin carreras o un ordenador que no se rompe? Mal negocio. Aquí sólo gana quien vende.

A lo mejor ya va siendo hora de plantearnos que podemos “vivir mejor con menos”. Y ser conscientes de cómo nos quieren hacer cómplices de un sistema que nos han impuesto y que sólo beneficia a los mismos de siempre. Nos dicen que hay sociedad de consumo porque queremos consumir, pero -más allá de nuestra responsabilidad individual- nadie, que yo sepa, ha escogido esta sociedad donde nos ha tocado vivir, o al menos a mí no me han preguntado. Y es que desde que llevamos pañales hasta que se nos caen los dientes nos bombardean con el “comprar comprar comprar”. Ahora nos dicen que saldremos de esta crisis “consumiendo”. Yo me pregunto si “consumiendo” o “consumiéndonos”.


Esther Vivas es autora de “Del campo al plato” (Icaria 2009) y “Supermercados, no gracias, Icaria 2007).


+ info: http://esthervivas.wordpress.com